Enlace a bio

Enlace a obras

lunes, 10 de junio de 2013

Reseñas literarias: ¿bendición o maldición?

Aunque empecé con esto de escribir hace unos nueve años, no fue hasta 2007 cuando me vi sumergido en ese curioso mundo que es la maraña editorial. Con el tiempo y varias publicaciones, he ido adquiriendo conciencia, tal vez equivocada, del papel que juega Internet en esto. Me gustaría hablar en esta ocasión de las reseñas literarias, aunque, y esto debe quedar bien claro, lo hago DESDE EL PUNTO DE VISTA DEL AUTOR.
Abro un paréntesis para decir que yo no me puedo quejar. Mucho no, al menos. Lo cierto es que las reseñas literarias que he recibido son ciertamente buenas. De todas formas, mi impresión se basa en la lectura de las reseñas de otras muchas obras, es decir, de las ajenas.
Por un lado no me parece mal, la verdad, que exista la figura del reseñador, aunque debo añadir que es quizá demasiado abstracta como para incluir en la categoría a todo el que hace una reseña literaria. Digo que no me parece mal porque el reseñador ha llegado para, en cierto modo, desbancar al crítico «profesional». Los oteros olímpicos de la alta literatura siguen gozando de ese filtro, el de los críticos, pero alguien tenía que ocuparse de las decenas de miles de obras que quedan fuera de los circuitos de la élite.


Ahora bien, tengo dos preguntas básicas: ¿existe proporcionalidad entre la categoría de un reseñador y los efectos que sus reseñas causan? ¿Existe, además, proporcionalidad entre el trabajo de un autor y el subsiguiente de su reseñador?


Me explico en cuanto a la primera pregunta: a reseñar se puede meter cualquiera. Hay gente que se diseña un blog y, sin más, empieza a diseccionar novelas. Hay otros que se integran en «cuerpos» de reseñadores y se ponen a «trabajar» para páginas literarias, revistas digitales y similares. En este segundo caso los requerimientos, en principio, parecen limitarse a que el reseñador sea previamente lector, por supuesto, y a mantener cierto compromiso de actividad reseñadora.
Y en cuanto a la segunda pregunta: sé que escribir una novela no es lo mismo hoy que hace cincuenta años. Sin embargo, la labor del autor —la de un autor que se tome en serio su trabajo, al menos— es larga y, a veces, exasperante. No parece que, a priori, sea realmente justo que un trabajo que ha podido durar un par de años se resuelva en una reseña con treinta líneas de síntesis tras un fin de semana de lectura. ¿O sí?
Haré un nuevo paréntesis para repetir que la cosa me parece muy lícita. Nadie me entienda mal: cuando uno escribe una novela y la publica, debe aceptar que puede o no gustar; y todo el mundo adquiere, con el simple gesto de pagar el importe de la obra en la librería, el derecho de opinar sobre ella con toda la profundidad que desee. El autor que no acepte esta cláusula debería limitarse a autopublicar y a repartir sus relatos entre la familia y los amigos más comprensivos.

Pero es que esto de reseñar, como he dicho, tiene consecuencias. Puede darse el caso de que yo oiga hablar de una novela, o la vea en las estanterías de algún centro comercial, y me asome a Internet para chafardear alguna opinión respecto de la obra. O sea, que si alguien ya la ha leído, me diga si va a valer la pena o no que me gaste los cuartos. Es más, reconoceré sin tapujos que en más de una ocasión me he dejado guiar por reseñas. Aunque todo hay que decirlo: siempre se ha tratado de reseñadores que conozco y en los que confío plenamente. Y aquí es donde está el «peligro» si no guardo esas precauciones: una vez me intereso por una obra, yo me asomo a Internet y busco opiniones; quizá la primera entrada que visite sea la de una reseña, y tal vez vaya yo y me crea lo que escribe el reseñador. Y cada reseñador, eso está claro, es de su padre y de su madre. Los habrá más y menos leídos, y los habrá con conocimientos técnicos en los campos que toque la novela en cuestión. Los habrá que tengan sus manías respecto de otras manías, las de los escritores.


Establecidas las posibilidades del escenario, supongamos que un autor lanza su obra y tiene la suerte/desgracia de ser reseñado por primera vez, algo que tarde o temprano llegará (de hecho muchos autores lo buscan de propósito). Sigamos suponiendo que el reseñador que ha tocado en suerte padece o disfruta de incompatibilidades con algún aspecto de método del autor, de su estilo, de su forma de afrontar la trama, de su tono, del tema de la novela… Supongamos, para seguir, que la reseña —que siempre adolecerá de subjetividad— deja la obra por los suelos o, por el contrario, la sube a un pedestal. Y esto es Internet, señores. No se trata de dos amiguetes que comentan el último libro que han leído mientras se toman un café. Las opiniones que se dan en Internet raramente se contrastan; muchísimo menos se contrasta la fuente. Y vuelan enseguida. Se distribuyen por la red mediante enlaces en otros blogs y webs y ahora también por las redes sociales, a veces en progresión geométrica. De pronto, la labor de meses o años de un autor ha sido enjuiciada, absuelta o condenada en un par de párrafos que se distribuyen a miles de kilómetros en tiempo real.
Pero volvamos un momento atrás, al «origen» del reseñador. No quiero suponer, porque esto se limitará a casos puntuales, que el reseñador tenga algo personal contra o a favor del autor. Sí me gustaría referirme a la preparación del reseñador para el trabajo y a sus propias circunstancias. Hace poco se dio cuenta de un pequeño escándalo en el mundillo al descubrir servicios “profesionales” de reseña. Es decir, que hay reseñadores que cobran por reseñar, ya del autor, ya de la editorial. Y quien paga exige, claro, más allá de la mera existencia de la reseña. Las vinculaciones entre reseñadores y editoriales pueden vestirse de otros colores. Desde la relación directa —laboral, de amistad, etc.— entre unos y otros hasta del deseo del reseñador de seguir recibiendo libros —gratis, of course— de parte de la editorial de marras. Don’t bite the hand that feeds you, decía una canción de Ratt.
Tampoco nos obsesionemos con esto. Partamos de la base de la buena fe y admirémonos del papel que juega, pues, el crítico o reseñador en el mundo editorial y hasta en el literario. ¿O es que alguien había dado por sentada su normalización? Yo no. Yo me sorprendo, sí, porque veo una enorme contradicción. La crítica literaria representa un extraño caso de «institución» que, pese a sus continuos y rematados errores, conserva sus aires de infalibilidad. Obras de la talla de Ana Karenina, Rimas y Leyendas, Hamlet, Madame Bovary… fueron despreciadas por la crítica en su momento. Un momento en el que no había Internet, porque de otra forma, a lo mejor habría cantado otro gallo y hoy seguirían siendo obras «sin ideas», «vulgares y bárbaras», «pésimas» y algunas otras de las lindezas literales con las que fueron machacadas.



Eso nos lleva a la preparación del crítico o reseñador. Las meteduras de pata de las que acabo de hablar vienen de críticos con todas las letras. De esos estudiados, vamos. Vengamos ahora al presente, cuando pegas una patada a una piedra y saltan diez escritores y quince reseñadores, y preguntémonos: ¿es mejor reseñador quien también escribe, o basta con ser buen lector? ¿Es incluso posible que los escritores no sean buenos reseñadores? ¿Quién es buen lector, y quién lo es malo? Haber hecho cincuenta reseñas ¿autoriza más a un reseñador? ¿O acaso su nivel depende del número de lectores que tiene la página/blog/revista en la que publica sus reseñas? ¿Debería cualquier reseñador empezar sus reseñas con una relación de sus «méritos literarios» para justificar la validez de su opinión? ¿Realmente afecta tanto a una novela que disponga de reseñas, sean estas buenas o malas? ¿Afecta una reseña de igual modo a una obra de Pérez-Reverte, verbigracia, y a otra de un autor novel y desconocido?


Bueno, dejo ya esta reflexión probablemente absurda y, como siempre, bastante rollera. Igual otro día sigo con los foros literarios, que a esos hay que echarles de comer aparte, je, je…