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sábado, 31 de enero de 2015

Los peligros de la novela histórica (III)

Tras advertir esos peligros de la novela histórica que convierten el género en objeto de desprecio, no queda más que concluir que el motivo reside, precisamente, en considerarla un género.

La trampa se destapa en cuanto intentamos delimitar el concepto. Discutiremos sobre el tiempo que ha de pasar para que un contexto entre en la categoría de históricamente novelable, o trataremos de dictar normas que, mediante el equilibrio entre historia y ficción, identifiquen a una novela histórica. Da igual. Hagamos lo que hagamos para «legislar» sobre el género, no encontraremos más que discrepancia, teorías de todos los gustos y una solución de compromiso al afirmar que existe un tipo distinto de novela histórica para cada lector.

Y es que no se pueden poner límites a una contradicción, porque novela e historia son términos que chocan. De su unión solo puede surgir el caos. Un caos creativo, vale, pero caos al fin y al cabo. Así pues, la definición solo vale para clasificar libros en estanterías y para orientar a los lectores. La expresión «novela histórica» es una herramienta que salió rana, ya que de su mera misión funcional pasó a tomar las riendas y a INVENTAR un género. Porque una novela histórica, incluso mala, es siempre algo más. Una biografía novelada, un ensayo divulgativo encubierto, un thriller esotérico, una novela romántica, policíaca, de aventuras, erótica…


Desde niño recuerdo un hito en la Nacional 211, clavado donde se unen las comunidades de Castilla-La Mancha y Aragón. Indica al conductor que acaba de entrar en la provincia de Teruel. La señal conserva ese halo romántico de azulejos desconchados, con el escudo provincial y el añadido posterior de la estrella de ocho puntas —símbolo antiguo, lobero y andalusí donde los haya—. Pero no nos engañemos: el hito no es en sí la provincia de Teruel, sino un simple indicador para saber dónde estamos. Lo cierto es que si lo sustituyeran por otro que rezara «estado de Oklahoma», no se produciría ningún cambio significativo en la geografía. Las montañas, los ríos, los valles, los castillos, los campos… no se moverían. Tampoco habría transformaciones en la historia, ni en los caracteres de los turolenses, ni en los diecitantos grados bajo cero que caen sobre el hito en las madrugadas invernales. Al final resulta que la novela histórica tampoco existe más que como convención. Como etiqueta. Solo queda que nos convenzamos de ello, que los carteles de estantería se bajen de la burra y que se disuelvan las comisiones puritanas. Seguro que salimos ganando.


martes, 27 de enero de 2015

Los peligros de la novela histórica (II)

Trataba no hace mucho de los peligros de la novela histórica y de cómo, a fuerza de hacerla histórica, se ha vuelto menos novela. Me siento tentado de considerar estereotipos los juicios que reproduciré a continuación, pero solo puedo rendirme a la evidencia: quienes emitieron dichos juicios no andan faltos de razón. He escogido tres fragmentos porque me parecen representativos. Sobre todo el tercero, que además viene de una reconocida autora:


«A mi no me gusta la novela histórica (…), creo que los grandes novelistas son el mejor reflejo de su época, nos relatan la realidad que no te cuentan los historiadores en sus libros».


«No me gusta la novela histórica (…). Creo que cuando un escritor no tiene ideas, se refugia en la historia para escribir sus libros, porque la historia está llena de sucesos dignos de contar».


«No me gusta demasiado el género de novela histórica, porque me parece que el corsé de datos ahoga el aliento narrativo. Eso sí, hay novelas maravillosas ambientadas en otras épocas, como Yo, Claudio, de Graves, o Juegos Funerarios, de Mary Renault, a las que no considero novelas históricas, porque el afán primero de esos libros no es explicar cómo era el mundo de la antigua Roma o el efímero imperio de Alejandro el Magno, sino que aspiran a explicar cómo es el mundo, sin más. Es decir, aspiran, como cualquier otra novela, a poner un poco de luz en las tinieblas de la vida. De toda vida, de nuestra vida».


He dicho que me rindo a la evidencia, pero quede claro que no comulgo con ninguna de las tres opiniones. 

No estoy de acuerdo con la primera porque presupone que no se puede reflejar lo actual novelando lo pretérito. Yo creo que el presente —y por tanto el futuro— está cimentado en el pasado. No solo se puede explicar lo uno con la base de lo otro: es que no recurrir a ello supone privarnos de elementos de juicio esenciales.

Tampoco me cuadra la segunda opinión porque presupone igualmente: en este caso, que las novelas históricas se limitan a contar sucesos reales.

En cuanto a la tercera opinión, su autora procede de forma automática a sacar de la categoría de históricas las novelas que hablan de la vida. Algo así como que las buenas novelas ambientadas en el pasado no merecen el apelativo de históricas. Las malas sí.

Supongo que vivo en una contradicción. No comulgo con estas opiniones porque yo (al igual que otros muchos) tengo mi propio concepto de novela histórica, y es uno en el que el calificativo de «histórica» es solo circunstancial. Una novela ha de hablar de la vida, es cierto, y el autor debe volcar en ese proceso sus ideas, por más que después se aparte para que dichas ideas cobren vida propia y alienten al texto. Así, lo de menos es que la trama transcurra en Sumeria, en el Madrid actual o en el planeta Alderaan, y no importa si los personajes son históricos, ficticios o directamente fantásticos. Hablar de la vida es propio de la novela, independientemente del género.


Sin embargo, y de ahí mi contradicción, la misión es complicada porque las opiniones vertidas no se basan en algo irreal. Hay novelistas que escriben NOVELAS, y resulta que son históricas. Pero también los hay que se afanan por divulgar —bien o mal—, o por contar la historia novelando. Y sus obras van a parar al mismo saco que las primeras. Y entonces llega la estigmatización de la novela histórica, que bastante apaleada estaba ya la pobre con los thrillers esotéricos, códigos encriptados y cátaros nazi-masónicos.

Pues esto se arregla volviendo al origen. Dignificar el género, salir de esa cesta de «novelas escritas por autores sin ideas», implica asumir la tarea de escribir NOVELA. Metámonos eso en la cabeza.




viernes, 23 de enero de 2015

Los peligros de la novela histórica

Interesantes conversaciones surgen en los talleres de creación literaria. Hace no mucho participé en una mientras hablábamos de enfoques narrativos en la novela histórica. Un autor en ciernes daba su opinión como lector tras la descripción de una escena en la que un legionario arrastraba su espada, esto es, un gladio. Más o menos venía a decir que no podía llamarse espada a un gladio en una novela de romanos porque un gladio, en realidad, no es una espada. De ahí se pasó a los tecnicismos en esgrima, historia militar, evolución y clasificación de las armas blancas…

Otra, aunque no en el contexto de un taller: leyendo La Loba de al-Ándalus, un amigo me señalaba que había usado en el texto el término «linchar». Lo sometía a mi consideración por si quería cambiarlo en futuras ediciones, ya que «linchar» es vocablo que nos llega de una palabra inglesa, lynch, que es muy posterior al siglo XII. Como en el caso anterior, se trata de una cuestión que nos introduce en el purismo. En estas estrechísimas sendas, rodeadas de precipicios, se mueve el autor de novela histórica.

Y se trata solo de dos ejemplos. De estas controversias, a montón. Aunque hay que ser optimista con el alcance real: detalles así pasan desapercibidos la mayor parte de las ocasiones, se convierten en problemas en pocos casos (espero) y, excepcionalmente, hay lectores que no transigen, tuercen el morro y cierran la novela. La excepción a la regla, repito. Pero haberlos, haylos. El problema está en que estos jueces intransigentes son bastante más ruidosos que los demás —que por otra parte carecen de motivos para hacer ruido—.

No pasa igual con la novela negra. Ni con la romántica, ni con el terror, ni con la fantasía. Errores cronológicos, licencias excesivas (o licencias, sin más), gazapos, presentismo, inadecuación del lenguaje… El de la novela histórica constituye el género que probablemente recibe el juicio más duro. El juicio no suele aludir a sus componentes esenciales, que son los novelescos: los que sí se juzgan en el resto de géneros. En histórica no. Las críticas despiadadas no se centran por lo habitual en la evolución de los personajes, el estilo del autor, el ajuste de la trama o la fluidez de los diálogos. Esto —me planteo— puede haber conducido a los autores de histórica, incluso de forma inconsciente, a enfocar sus novelas como singularidades dentro de la narrativa. Cosa parecida a las singularidades en ciencia, como los agujeros negros. En ellos, las leyes de la física no nos sirven. Pues en histórica pasa igual: las leyes de la narrativa se diluyen, tragadas por la oscuridad de, digámoslo claramente, los afanes divulgativos, la rigidez historicista, la pereza o la incapacidad para ficcionar, las exigencias de lectores y reseñistas... Esto último sobre todo, porque no lo olvidemos: los autores suelen ser también lectores. Ah, y si los consumidores más inflexibles de novela histórica obvian lo que de novela tiene y, metidos a inquisidores, juzgan su adecuación histórica en una doble función represiva y preventiva, ¿cómo no va a seguir siendo la ficción histórica un género menor o una forma bastarda de escribir novela?

Ya digo que esto convierte al género en una rareza y dificulta el análisis comparado, pero tal vez podamos encontrar puntos en común fuera de casa. Asomémonos al balcón y espiemos el apartamento del vecino a través de su ventana. Novela fantástica. En concreto, la saga de George R. Martin, Canción de hielo y fuego. Muchos la conocen mejor por el título de la serie, Juego de tronos. Estoy convencido de que gran parte de su éxito se debe al ambiente histórico que rodea a los elementos fantásticos. Aparte del simbolismo o los vínculos directos con episodios puramente históricos como la Guerra de las Dos Rosas o la toma de Constantinopla, los personajes y la trama de la saga nos remiten a relaciones vasalláticas, a pueblos, costumbres y personalidades medievales… A la historia. Tanto es así que, en mi caso, la trama deja de interesarme cuando los elementos fantásticos empiezan a adueñarse de lo que, —vaya, me había olvidado— es una saga fantástica. Pero si vuelvo atrás, veo la gran acogida que ha tenido entre lectores y espectadores que no forman parte del público objetivo de fantasía épica. ¿Juzgarán estos la adecuación de las armaduras, la indumentaria de las damas, los diseños navales o las reglas de las órdenes militares? La respuesta es NO. Canción de hielo y fuego no es en realidad ficción histórica, así que se la exime de todo «delito» histórico. ¿No resulta cada detalle verosímil con el universo que Martin ha creado? Verosímil, sí. No verdadero. VEROSÍMIL.

Dejemos de espiar al vecino y regresemos a la novela histórica. Naturalmente, el lector es soberano. Cada uno lee con una combinación única de expectativas, lo que, traducido, resulta algo así como que para gustos, colores. Mi reproche —si esto lo fuera— iría dirigido a los autores. Escribir novela con el temor de enfrentarse a determinados juicios es, como poco, contraproducente. Supone dejar de lado lo esencial, que es conseguir una BUENA NOVELA. Temo generalizar, pero mi impresión es que cuando la historia resulta un obstáculo para novelar, cuando la verdad resulta un obstáculo para la verosimilitud, el resultado suele ser, en el mejor de los casos, una HISTORIA NOVELADA. En el peor, una MALA NOVELA HISTÓRICA. Y de ahí al menosprecio del género hay un paso que, me temo, se dio hace tiempo.