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viernes, 12 de julio de 2019

El profesional. Relato para descargar

Nuevo relato para descargar gratuitamente. El profesional formó parte de la antología Teruel y sus amantes. Nuevos relatos para un aniversario (Mira Editores. Zaragoza, 2017). 


El enlace también se encuentra en la barra de la derecha, junto a los relatos Amantes de Teruel y zombis y Un diablo en busca de editorial.

domingo, 7 de julio de 2019

La Novela Histórica: razones de un éxito literario



La novela histórica es, desde hace unas tres décadas, el género literario más leído en España, y sus libros, los más vendidos.
En el curso, que se impartirá en la Universidad Internacional de Andalucía (sede de Baeza), se analizará el fenómeno de la novela histórica desde varios puntos de vista para ayudar a entender las claves de esta exitosa literatura.
Participan Emilio Lara, Juan Eslava, Jesús Maeso de la Torre, Antonio Pérez Henares, Isabel San Sebastián, Luis García Jambrina, Sergio Vila-Sanjuán, Penélope Acero, José Ángel Marín Gámez y Sebastián Roa.

miércoles, 17 de abril de 2019

LA RECONQUISTA. SER O NO SER


LA RECONQUISTA, SER O NO SER


Desde hace tiempo veo la controversia que gira alrededor de una palabra. Reconquista. Raro es que, en cuanto aparece en una conversación, no levante alguien el dedo.
—Ese es un término erróneo —puede decir.
—La mal llamada Reconquista —suelen apostillar algunos.
—La Reconquista no existió —aseguran otros.
A continuación te lo explican. No se puede reconquistar lo que no fue conquistado, es una de las razones. O sí se puede, pero si no lo hacen los mismos que lo perdieron, ¿cómo vas a llamarlo reconquista? O no vale decirlo, porque es una palabra de nuevo cuño, desconocida durante el periodo al que se alude con ella. O sea, que los argumentos que se esgrimen pueden ser conceptuales o terminológicos. Existe además una causa que no tarda en aparecer directa o indirectamente. Reconquista es una palabra que recuerda demasiado a una época oscura. Al Franquismo, vamos. Seguir usándola sería darle la razón. A Franco, digo.

Me he propuesto poner por escrito por qué estos argumentos, juntos o por separado, me parecen incorrectos. No pretendo convencer a nadie porque, en temas como este, no se puede convencer a quien no quiere ser convencido, y porque me declaro incapaz de superar barreras que, aunque ajenas al asunto, lo condicionan demasiado. Lo que busco es reunir en un solo lugar todos esos pensamientos, esas contraargumentaciones que me vienen a la cabeza cuando alguien levanta el dedo del que hablaba antes. Es muy posible que a continuación escriba alguna salvajada o cite algo incorrectamente. Al fin y al cabo, no soy historiador, ni filólogo, ni politólogo, ni filósofo. Pero tengo muy poca vergüenza.

Así que allá voy.
  
Jinete íbero S. XIII. Ferrer Dalmau



1.- EL TÉRMINO «RECONQUISTA»

Atendamos al lío terminológico en primer lugar. ¿Es correcto usar el término «Reconquista»?

Si consultamos el diccionario de la Real Academia Española, veremos que «reconquista» tiene dos acepciones. En la primera, escrita con minúscula inicial, es la «acción y efecto de reconquistar». Si aplicamos esto a lo que solemos llamar Reconquista (con mayúscula), nos solemos encontrar con dos de los argumentos recurrentes en contra:

1) No se puede reconquistar lo que nunca fue conquistado, y
2) Si los que lo conquistan de nuevo no son los mismos que los que lo perdieron, no se le puede llamar reconquista.

Bueno, esta acepción viene en blanco y es redundante: la reconquista es la acción y efecto de reconquistar. así que no nos queda más remedio que volver a tirar de RAE y buscar el significado de «reconquistar». ¿Y qué encontramos? Pues esto:

1. Conquistar una plaza, provincia o reino que se había perdido.
2. Recuperar la opinión, el afecto, la hacienda, etc.

Es evidente que nos movemos en el campo de la acepción primera, así que prescindamos de la segunda. Y vemos que la única exigencia previa en cuanto a lo que reconquistamos es que la plaza, provincia o reino en cuestión se haya perdido. Una plaza, provincia o precio se puede perder de varias formas. Por conquista violenta, por ejemplo. O por pacto, mediante una entrega mutuamente aceptada. Por enajenación. O simplemente por descuido. Si el reino en cuestión fue conquistado, puede ser reconquistado. Si fue entregado de buena fe, también. Y atención, porque la RAE dice «conquistar una plaza, provincia o reino que se había perdido», sin hacer alusión a quién lo perdió. Si la redacción fuera esta: «Conquistar una plaza, provincia o reino por quien la haya perdido», la RAE nos estaría obligando a que existiera identidad personal entre quien perdió y quien reconquistó. Así que si algo se perdió, algo puedo reconquistar, haya sido yo el perdedor previo o no. Según esa primera acepción de «reconquista», la que va con minúscula, podemos aplicarla a la ganancia de cualquier reino o plaza con tal de que antes alguien la hubiera perdido.

Puede que este último argumento no convenza. Tal vez en la RAE no se dieron cuenta del detalle, dirán algunos. Si me pongo a pensarlo, imagino que la Península Ibérica podría haber sido conquistada por Inglaterra en el siglo XV, arrebatando Granada a los nazaríes. ¿Lo llamaríamos entonces «Reconquista», a pesar de que se cumple la primera acepción de la RAE?

Para pulir este escollo, dejémonos de minucias y vayamos a la segunda acepción, la que obligatoriamente hemos de escribir con mayúscula.

«F. por antonom. Recuperación del territorio hispano invadido por los musulmanes en 711 d. C., que termina con la toma de Granada en 1492».

Eso dice el diccionario RAE. Que sabemos que no inventa, sino que fija y da esplendor. Esto quiere decir que la Reconquista —con mayúscula— lo es por antonomasia, y porque así la hemos percibido los hispanohablantes durante el tiempo suficiente como para que la acepción quede fijada. Es una acepción lingüísticamente indiscutible per se, que tumba todos los argumentos posibles en contra del término. Pero no nos engañemos. Por un lado, la caída en desuso, aconsejada por no pocos detractores de la Reconquista, podría llevar a la eliminación de esta segunda acepción por el mismo motivo por el que se consagró. No olvidemos que últimamente es la lengua la que construye realidades, y no al contrario, como ha ocurrido durante milenios en todo el mundo. Un ejemplo. De pronto, en algún momento del pasado, un tipo occidental ve un bicho africano, grande y voluminoso, con una bocaza tremenda, que a pesar de ser mamífero y tener cuatro patas, vive feliz en el agua dulce. Como el animal tiene el tamaño de un caballo y frecuenta los ríos, el tipo en cuestión lo bautiza como hipopótamo, que tirando de raíz griega significa «caballo de río». El término recibe aceptación popular, se consolida, y entonces el diccionario de la RAE, tras reconocer su origen griego y pasando por el latín, nos dice que un hipopótamo es un mamífero artiodáctilo, de piel gruesa, negruzca, etc. etc., que vive en los grandes ríos de África. Y podría ocurrir lo siguiente. Que alguien, indignado con el nombre tan impropio que ha recibido el bicho, nos explique que no se trata de un caballo. Ya, ya: son siglos de uso de la expresión sin que a nadie le haya supuesto un trauma. Pero es que se trata de una expresión falsa de raíz y me ofende. Así que cambiemos el término. Y hagamos lo mismo con el diente de león, claro. Y con el pez espada. Vale, ya paro.

Volviendo a la Reconquista, no son pocos los que argumentan que el mecanismo mediante el que se ha consagrado el término no responde solo a la comodidad, a la lógica o a la economía del lenguaje. El término «Reconquista», dicen, es ladino, falaz, suciamente interesado, o no se corresponde con la realidad histórica. O todo eso a la vez. Así que sí: su uso está «oficialmente» bendecido por las autoridades lingüísticas, pero eso no quita para que sea falso o malintencionado. Así que sigamos en eso: el uso del término. Sin entrar todavía en el concepto.

Sus detractores suelen argüir que se habla de «Reconquista» para definir un hecho o un periodo pretérito, pero que, aparte de esa definición, lo que se busca con el término es una justificación de uso mucho más moderno. En concreto, se aduce que la palabra se inventa durante el proceso de construcción nacional, con lo que queda convertida no en una forma de comprender la realidad, sino de argumentar una ideología. Hay una variante que nos dice que «Reconquista» es un término que se usa y del que se abusa por el Franquismo, con lo que resulta una especie de identificación entre ambos. Independientemente de la simpatía o antipatía que se tenga hacia el romanticismo decimonónico o hacia el Franquismo, se concluye que «Reconquista» es un constructo instrumental. Sorprendentemente —en realidad no, no sorprende en absoluto—, los detractores de «Reconquista» suelen ser también quienes argumentan lo impropio de otras expresiones que tienen a relacionar con aquella, como «nación», «estado» e incluso «España». Sea como sea, existe cierta frecuencia que apunta a que las razones se inclinan más hacia lo político o ideológico que hacia lo lingüístico. Y sigo sin acudir a la historia propiamente dicha.

Veamos cuándo surge el término, o al menos cuáles son los momentos de los que queda constancia.



LA CREACIÓN DEL TÉRMINO «RECONQUISTA»

En su trabajo De la Restauración a la Reconquista: la construcción de un mito nacional (una revisión historiográfica. Siglos XVI-XIX), Martín Ríos Saloma analiza la evolución del término y da cuenta de sus vestigios. Parece ser que la primera aparición de la idea data de 1574, poco más de un siglo después de que la Edad Media terminara según la tradición historiográfica. Es Ambrosio de Morales, en su Viaje a los reinos de León y Galicia y principado de Asturias, quien habla de «la restauración de España, y de la antigua gloria de los godos», y de «Alzarse contra los alárabes, y dar principio a recobrar España». A continuación llegan Cristóbal de Mesa con La restauración de España, de 1607, y Fray Juan de Villaseñor con su Historia general de la restauración de España por el santo rey Pelayo..., de 1684.

Hasta finales del siglo XVII, pues, se habla sobre todo de «Restauración». No es el único término usado para ese fin, pues el marqués de Mondéjar, en su Examen chronologico del año en que entraron los moros en España y en sus Advertencias a la historia del padre Mariana, de finales del siglo XVIII, habla de cómo don Pelayo «Empezó a restablecer aquella Monarquía, extinta de los Godos». Juan de Ferreras, en su Synopsis histórico cronológica de España, publicada en 1726, dice que «Los primeros reyes, que después de inundada nuestra España y dominada casi del todo de las armas de los califas de Damasco, empezaron a liberarla del pesado yugo mahometano», y nombra «El dominio del primer restaurador de las ruinas del imperio gótico don Pelayo». Vuelve a usar el término «restaurar», así como «recobrar», para referirse a las ciudades y territorios ganados previamente por los mahometanos. En 1780 será Joseph Manuel Martín quien escriba una obra titulada Historia verdadera de la pérdida y restauración de España por don Pelayo y don García Jiménez de Aragón. Y Juan Francisco Masdeu habla de Pelayo como «Restaurador de la libertad de los españoles».

Es José Ortiz y Sanz (Compendio cronológico de la historia de España), hacia 1796, quien parece abandonar la «restauración» para hablar de «recuperación». En concreto: «Y por último, de estos a los árabes; de cuyo poder la recobraron poco a poco sus legítimos dueños a costa de millones de vida. Obra por cierto prodigiosa que completaron nuestros abuelos, acaudillados por los Reyes Católicos». Atención, porque es precisamente en este trabajo, en su tomo segundo, cuando aparece la primera mención documentada de «Reconquista»: «Pues la desesperación, la pena de ver la patria perdida, y sobre todo, la Religión y los favores del cielo, los animó a pensar no sólo en defenderse, sino también en reconquistar la patria de mano del enemigo».

Con lo que Ríos Saloma atestigua que el término aparece a finales del siglo XVIII en la historiografía, evolucionado desde dos siglos antes (restauración, recuperación). Es decir, que los románticos y nacionalistas se lo encontrarían ya «inventado». Otra cosa sería que estos lo dotaran de nuevo sentido. Se habla, desde luego, del nacionalismo global, el que sirve para construir las naciones modernas en la primera mitad del siglo XIX, «Basadas en nuevos pilares como los conceptos de "patria", "nación" y "Estado-nación"». De esta forma, «Pelayo, la batalla de Covadonga y la lucha contra los musulmanes se convirtieron, una vez más, en los elementos sobre los que se sustentó la creación de la moderna identidad colectiva española». Es curioso esto que dice Ríos Saloma: «Una vez más». ¿Acaso había ocurrido antes? Desde luego que sí. En la mismísima Edad Media. Pero ya lo veremos después —con lo que caerá por tierra esa teoría de que la Reconquista es un invento moderno, achacable al nacionalismo decimonónico o a Franco—. Otra cosa curiosa que dice Ríos-Saloma es que «En la construcción de esa identidad colectiva no sólo participaron historiadores —que en muy pocos casos fueron sólo historiadores— sino también literatos de mayor o menor renombre». Considero esto importante porque entre los detractores actuales de la Reconquista hay no pocos historiadores empeñados en acotar el asunto dentro de su campo, de modo que cualquier referencia histórica precise de la bendición historiográfica para funcionar. Como si gran parte de nuestras convenciones no fueran literarias e incluso míticas. Que tanto les da, porque entonces proceden a «desmitificar» lo que haga falta para que prevalezca la historiografía. Siempre ha habido clases.

Pero me estoy adelantando. Así que, para cerrar este epígrafe, volvamos al mero análisis terminológico y refirámonos a Modesto Lafuente, autor de la Historia de España desde los tiempos más remotos hasta nuestros días. En su primer volumen, aparecido en 1850, se hallan varias menciones de la Reconquista. Podemos concluir así que es a mediados del siglo XIX cuando se consolida el término.





DEMONIZACIÓN DE LA RECONQUISTA

En plena Guerra Civil Española, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) publicaba una revista llamada La batalla. Por aquel entonces, la enemistad entre el POUM y el Partido Comunista de España era más que notoria, y contribuía —junto con la labor de pico y pala de anarquistas y de nacionalistas catalanes y vascos— a debilitar internamente la República, ya muy acosada en el frente por las tropas sublevadas.
En abril de 1937, Franco se había autoproclamado Generalísimo, y el obispo de Salamanca había declarado que la guerra era en realidad una cruzada por la religión, la patria y la civilización. El manejo de los conceptos se volvía importante. Aparte de ciudades y territorios, ambos bandos competían por adueñarse de, entre otras cosas, la legitimidad de su acción. Unos consideraban a los otros traidores, malos españoles, y pugnaban por remarcar las diferencias aludiendo, entre otros, a motivos históricos. No dispongo de la ilustración en concreto. Al parecer, el Boletín Oficial de la Junta de Defensa de Madrid había publicado el veinte de marzo de 1937 un dibujo ilustrado con la siguiente leyenda: «Contra Mussolini y sus amigos, arriba la vieja bandera de Bailén».
La reacción —no la de Franco, no: la del POUM— no tardó en llegar. En La batalla del cuatro de abril, se atacaba al «comunismo "oficial"» por sus veleidades favorables a la «República democrático-burguesa». Se burlaba también de sus recursos ideológicos en materia de arenga. ¿Qué hacía el Partido Comunista invocando la memoria de «Pelayo, el Cid Campeador, Mina, el Empecinado, Velarde»? Acusaba el POUM de que así se justificaban «Movimientos regresivos y, lo que es peor, se les valoriza como patrimonio propio. La llamada reconquista impidió que los árabes extendieran por la Península su civilización superior y la guerra de la independencia liquidó toda posibilidad de que en nuestro país entrara el viento vivificador de la Revolución francesa. Pero este tono le interesa al stalinismo patriotero cien por cien».
Seguía La batalla ajustando cuentas con los comunistas españoles de 1937 y con la bandera de Bailén. «¿La bandera de Bailén? —les reñía—. ¿Sabéis dónde está la bandera de Bailén? En la rojogualda, símbolo de la monarquía, y que Franco ha decretado bandera "nacional"».

No, no hemos sobrepasado los límites de la realidad. Los que se quejaban en 2010 de que la conquista de Granada en 1492 fue «la primera masacre genocida» y «un atentado contra nuestra propia identidad», son los herederos ideológicos del PCE, que hace ochenta años acudía a la memoria del Cid. Pero no nos desviemos. Este ejemplo de 1937 es, creo, la prueba más antigua de cesión de un conjunto de símbolos patrios a Franco. Ya no se trataba solo de que el Franquismo se adueñara de lo español: es que los torpes enemigos de Franco se lo regalaban con gusto. El Partido Comunista de España ganó la partida al POUM, guerra sucia incluida, y la II República lo apuntilló. Obviamente, el POUM no habría sobrevivido a la victoria franquista, pero sí lo hicieron sus postulados de renuncia, que se extendieron a todo lo que en aquel entonces, todavía limpiamente, pudiera llamarse antifascista. La España derrotada asumió, al menos en parte, que Pelayo, el Cid y la Reconquista pasaban a ser propiedad de Franco, quien los administró con sumo gusto durante décadas. Tras el regreso de la democracia, nadie se ocupó de recuperar esos términos, pasarles un pañito y ponerlos de nuevo a funcionar como patrimonio común de los españoles. Nada de eso. En su lugar, se consideró que habían quedado para siempre fundidos con la Dictadura y, por lo tanto, se convirtieron en blanco de todo ataque contra Franco y lo que representaba. Había que eliminar la Reconquista, pero no porque el término fuera inapropiado, o anacrónico, o hiciera referencia a una falsedad histórica. Había que eliminarla porque Franco había dejado impreso su olor sobre ella. Asumir la Reconquista te convertía —te convierte— en facha. Igual que te convierte en facha aceptar otros muchos conceptos y términos muy anteriores a Franco y también usurpados por él, como la bandera rojigualda, Blas de Lezo, el escudo de los Reyes Católicos o la propia España. Ese es el nivel.

Esta no es una impresión aislada. Francisco García Fitz, en La Reconquista: un estado de la cuestión, reconoce que la usurpación de los símbolos por parte del Franquismo, la constante evocación simbólica de Covadonga, de las Navas de Tolosa, el Cid, Pelayo, los Reyes Católicos, etc, llega hasta límites esperpénticos y configura su absorción por la historiografía oficial del Franquismo. Dice García Fitz que, «Así las cosas, no puede extrañar que, como reacción inevitable, entre los sectores políticos, sociales o intelectuales que eran críticos con el Franquismo, el término Reconquista y la interpretación de la Historia de España que subyacía en él acabaran siendo hondamente denostados».

A la acción sigue una reacción, pero esta reacción, que es a su vez una acción, también da lugar a su propia reacción. La Reconquista es facha, y por eso la izquierda nominal reniega de ella. Como respuesta, la derecha se la apropia, con lo que refuerza la renuncia izquierdista, y esta a su vez afirma la posición derechista. Y entonces Pisarello se pelea por arrancar la bandera española del Ayuntamiento de Barcelona, y Abascal aparece montado a caballo y anunciando una nueva reconquista. La Reconquista, o la bandera, o la propia España, no están en tela de juicio por motivos académicos o intelectuales. Casi ni por motivos políticos. Lo están por asociación instrumental, como la que motivaba al perro de Pavlov. Por eso España queda mejor cuando es «el Estado Español» o «este país». Por eso puede uno llevar una banderita alemana cosida en la cazadora, o un banderón yanqui serigrafiado en la camiseta; pero no debe jamás lucir una bandera española. Por eso no existe la Reconquista, sino la «mal llamada Reconquista». Como dice Jorge Bustos: al que se desvíe del dogma, le aguarda la hoguera de los fachas.


Alegoría de Franco y la cruzada. Reque Meruvia




PERO SI ES QUE LA RECONQUISTA, OBJETIVAMENTE, NO EXISTE

Es arriesgado callarse en el orfeón de condena. Te acerca al aislamiento social, te aleja de las élites intelectuales, te hace parecer menos progresista y te corta las subvenciones. Pero aún quedan personas con vergüenza torera que negarán su adhesión a lo políticamente correcto. Y no todo será postureo. Habrá personas sinceramente convencidas que la Reconquista, objetivamente, no existe.

Volvamos al principio. El término es incorrecto, ¿recuerdan?, porque independientemente de su uso ideológico en cualquier momento de la historia, nadie lo utilizaba durante el periodo que pretende cubrir. Que según la RAE, ¿recuerdan eso también?, va del año 711 al 1492 de nuestra era. O sea, no debemos llamar Reconquista a eso porque «Reconquista» es un término al que nos podemos acercar solo desde 1574, y documentar literalmente desde 1796. Es un anacronismo, vamos. Y por lo tanto, incorrecto.

Ojo, porque seguimos enfangados con el término. Términos hay muchos, porque «término» es sinónimo de «palabra», y necesitamos las palabras para entendernos. Nuestro lenguaje, el que usamos a diario y nos permite relacionarnos, está lleno de términos que hacen referencia al pasado. Y muchos de esos términos, esas palabras, no existían en el tiempo al que se refieren. Sin embargo, no verán ustedes a los detractores de la Reconquista quejándose de que hablemos del periodo Cretácico. Oh, el periodo Cretácico. Otra bonita historia.

El Cretácico abarca una larga época que empieza hace 145 millones de años, y acaba hace 66 millones de años. En esa época no existían seres humanos. Tiranosaurios, triceratops y velocirraptores. Eso había. Faltaba mucho para que se inventara el lenguaje, y con él las palabras. Los términos. Fue en 1822 cuando un geólogo belga, Jean d'Omalius d'Halloy, llamó cretace a los afloramientos de creta en la cuenca de París. Por extensión, denominó del mismo modo a los depósitos de creta en su país. Y en Holanda, Suecia, Polonia... Resulta que la creta es un tipo de roca caliza. Se usa para fabricar las tizas que usábamos en el cole. La creta se origina cuando los caparazones de los microorganismos se acumulan. ¿Saben esos acantilados blancos en Dover, los que hemos visto en tantas películas? Eso es creta. D'Halloy optó por denominar «Cretácico» al periodo en el que se formaron los extensos depósitos de creta en varias partes del mundo, y todo el mundo lo aceptó.

John Lubbock, otro guiri, escribió en 1865 una obra científica: Pre-Historic Times. Es la primera publicación en la que se usan los términos «Paleolítico» y «Neolítico». De hecho, John lo hace a conciencia y deja escrita su propuesta para esas nuevas palabras: «When man shared the possession of Europe with de Mammoth, de Cave bear, de Wollyhaired rhinoceros, and other extinct animals. This I have proposed to call the "Palaeolithic" Period"». ¿Pero cómo se atreve John? En esa época, a los mamuts no los llamaba nadie «mamuts». Ni al oso de las cavernas se lo llamaba «oso de las cavernas». Ni a Europa, por supuesto, la conocía nadie como «Europa». ¿Se imaginan ustedes a ese Homo Sapiens hace cuarenta mil años, tallando lascas junto a su colega, discutiendo lo mal que está poniendo el Paleolítico, y a ver si llega ya el Neolítico, por Dios? ¿O se imaginan ustedes a esa manada de velocirraptores acosando a la solitaria cría de estegosaurio? «¿Tú de dónde sales? —le preguntan—. ¡Si eres un dinosaurio del Jurásico y estamos en el Cretácico!».

«Cretácico», «Tiranosaurio», «Pleistóceno», «Mamut»... son términos. Palabras. Convenciones a las que hemos llegado las personas para entendernos, porque necesitamos nombrar lo que no tenía nombre, desde el Big Bang hasta la última edición del diccionario de la RAE e incluso lo que aún no existe. Algunas de estas convenciones son puras, abstractas. Alguien, en su labor de clasificación, ha acotado un periodo concreto. Desde hace 165 a hace 66 millones de años: a eso llamamos Cretácico, porque yo lo valgo. La división podría ser distinta. De hace 180 a hace 70, por ejemplo. O en lugar de fijarme en la creta, me fijaré en los llamativos acantilados ingleses, y a ese periodo lo llamaremos «Dovérico». Podría haber ocurrido todo eso, pero no ocurrió; y da igual, porque así nos sirve. Otras convenciones son menos abstractas. Los mamuts existieron en sí mismos, y eso no habría cambiado si en lugar de «mamuts» los hubiéramos bautizado como «megaelefantes». Y en cualquier caso, ¿han visto a ustedes a alguien indignándose y llamando facha al personal por usar el término «Jurásico» o «tigre de dientes de sable»? ¿A que no? Pues es porque Franco, en el escudo de la bandera nacional, no puso un tigre de dientes de sable.

Ahora en serio: no es lo mismo hablar de cuando no había nadie que hablara, o de cuando los hombres no tenían tanta conciencia de sí mismos y del mundo que los rodeaba, del tiempo que recorría la evolución, de las ventajas de la comunicación. Así que podemos inventarnos el Jurásico y el Paleolítico; pero no podemos llamar Washington a Roma, porque los romanos la llamaban Roma. Si hubieran querido llamarla Washington, lo habrían hecho. Por eso no podemos hablar de Reconquista. Porque nadie, en el siglo XIII, usó jamás ese término a pesar de que pudieron haberlo hecho.

¿Seguro? Tengo otro ejemplo muy bueno. Uno que he usado a veces. La Edad Media, época por la que precisamente discurre esa Reconquista por antonomasia. No verán ustedes a nadie, incluidos historiadores, cuestionar el uso del término «Edad Media». Verán, eso sí, a gente indignadísima porque les hablan ustedes de la España de la Edad Media. «¿Pero qué aberración es esa? —les abroncarán—. ¡No existía España en la Edad Media!».

En cierta ocasión me explicaron que me equivocaba. Que «Edad Media» es palabra o convención que sí empezó a usarse en la Edad Media, valga la redundancia. Así que su legitimidad era mayor que «Reconquista». Lo cierto es que no. «Edad Media», el término y el concepto, no surgen hasta bien terminada la Edad Media.

Que por otra parte es lo lógico. Edad Media evoca, por definición, una época que queda en medio de otras dos edades. Es un poco como la Primera Guerra Mundial. Imaginen a dos soldados en las trincheras de Verdún, en 1916.
—Qué ganas tengo de que acabe la Primera Guerra Mundial.
—¿Cómo que «Primera»? ¡No me digas que luego hay más!

Pues en la Edad Media pasa igual. Esa conciencia de un periodo histórico oscuro, perdido entre otros dos luminosos, aparece en el Renacimiento. Hablo del concepto. En cuanto al término historiográfico, habrá que esperar aún más.
Eduardo Baura, en De la «Media Tempestas» al «Medium Aevum». La aparición de los diferentes nombres de la Edad Media, nos explica que la primera marca, una referencia que todavía no es literal, aparece en 1469, cuando oficialmente hemos cerrado la Edad Media. Es un obispo, Giovanni Andrea, quien usa la expresión «medie tempestatis». Andrea está hablando de Apuleyo, y no se refiere a una época en concreto, sino a una comparación entre la calidad de los escritos de los autores antiguos y los que para él eran modernos con los que se habían escrito entre ambos.
¿Y cuándo surge de verdad, «Edad Media»? Se considera que hay un anuncio en entre 1510 y 1519, cuando el suizo Joachim von Watt publica su obra Vom Mönchsstande y nombra las «Fränkischen chroniken mitlerjare». Mitler jare es traducible como «años medios», así que podría ser esta la primera vez, aunque algunos historiadores no se conformarán hasta que, muy poco después, Von Glaurus hable de «Mittel alter», literalmente «Edad Media». En 1537, Von Watt se apunta al neologismo y, esta vez en latín, usa el término «Media aetas».
Hay que tener en cuenta que «Medium aevum» y «Media aetas» son expresiones que ya usaron algunos autores antiguos, muy anteriores a la Edad Media, como Cicerón, Tácito o Suetonio. Lo hacían para referirse a la mitad de la vida de cualquier persona. San Buenaventura también usaba «medium tempus» para apuntar que la vida terrenal era previa a la auténtica, la celestial. Tampoco valen otras vagas referencias como la de Flavio Biondo, que menosprecia a los filósofos surgidos entre Roma y sus coetáneos en una carta de 1443. O cuando se le atribuyen equivocadamente los términos «Media aetas» (que no aparecerá hasta setenta años después de la muerte de Biondo) o «Media tempestas», acuñado en realidad por Giovanni Andrea, como hemos visto, y que tampoco tiene como misión nombrar un periodo temporal.

Pues bien: a pesar de que se considera que la Edad Media termina en 1453 y que su denominación no aparece hasta, como mínimo, 1510, no verán ustedes a ningún medievalista negar la propiedad del término. En otras palabras, y siempre según los detractores de la Reconquista: es lícito usar un término como «Edad Media», que ni siquiera existía como concepto durante la Edad Media, pero no lo es usar «Reconquista», que ya existía como concepto durante la Reconquista. Porque sí: ha llegado la hora de pasar al concepto. De ver que durante la Reconquista existió, efectivamente, una reconquista.



La rendición de Granada. Pradilla y Ortiz



2.- EL CONCEPTO DE RECONQUISTA

Si con lo escrito hasta el momento hubiera podido convencer a alguien de que el término «Reconquista» es correcto, o al menos inocente, debería haberme dejado de tonterías: mejor perder mi tiempo en haber echado una quiniela, porque es mucho más difícil apartar a alguien de una idea preconcebida que acertar el pleno al quince. Pero no hay que desfallecer. Tal vez alguien, tras leer lo anterior, concuerde: «Vale, aceptemos que el término es correcto». Pues da igual, porque seguro que ese alguien no dará su brazo a torcer en cuanto al concepto. El muy lícito término «Reconquista» sirve para denominar una mentira. La Reconquista es, simplemente, una palabra que existe en las crónicas y en los diccionarios desde 1796, y solo para denominar una mentira asumida desde 1574. Pero no hay Reconquista real. Nada desde el 711 hasta 1492. La Reconquista es como los unicornios o la Atlántida. Pues no, damas y caballeros. Existe una ideología reconquistadora medieval, y ha sido considerada en la actualidad porque fue documentada en la Edad Media.



LA VISIÓN ACTUAL DE LA RECONQUISTA

En este sentido es de obligada consulta el repaso que hace García Fitz en La Reconquista: un estado de la cuestión. García Fitz recorre las reacciones de algunos historiadores ante el concepto de Reconquista. Uno de estos autores es José Luis Martín, que considera la Reconquista una noción elaborada siglo y medio después de la teórica fecha de Covadonga, por parte de los clérigos mozárabes expulsados o huidos de al-Ándalus.

Otro autor, Montero Guadilla, afirma que la Reconquista nunca existió. Se refiere a algo ya apuntado: lo que se conoce como Reconquista sería en realidad una conquista, sin más. Solo que a partir del siglo IX, la acción conquistadora se cimentaría ideológicamente con un espíritu neogoticista, «Forjado intencionadamente para justificar el poder regio y el avance militar hacia el sur a costa del Islam».

Lo que estamos viendo, lo que García Fitz ve, es que en realidad se está supeditando la validez del concepto a la sinceridad en su génesis. Sea como fuere, el concepto —sincero o hipócrita— existe a partir del siglo IX. A partir de aquí, ha de asumirse o no su participación en ella, también de forma honesta o interesada, de los hombres del medievo. «Los monarcas y las poblaciones cristianas del norte eran herederos legítimos de los visigodos. Como tales, tenían el derecho y la obligación histórica de recuperar aquello que había pertenecido a sus antepasados y que, como consecuencia de la invasión musulmana, les había sido injustamente arrebatado». Esto es lo que sostiene el ideal de Reconquista. Habría quien se lo creyera y habría, tal vez, quien se carcajeara de él. Pero existir, existía.

Cita García Fitz a Ladero Quesada cuando dice que «El concepto de Reconquista nació en los siglos medievales (no el término, matizaríamos, sino la idea) y pertenece a su realidad en cuanto sirvió para justificar ideológicamente muchos aspectos de aquel proceso». Sale Ladero Quesada, de esta forma, al paso de quienes «Consideran espurio el término y prefieren hablar simplemente de conquista y sustitución de una sociedad y una cultura, la andalusí, por otra, la cristiano-occidental».

Pero limitarnos a esto sería reconocer que todo lo que se hizo desde el siglo IX hasta 1492 fue motivado por ambición, odio, aburrimiento y mil factores más, todos ellos distintos del ánimo de recuperar para la cristiandad o para un linaje concreto un territorio arrebatado por el enemigo. Y que tal amalgama de motivaciones se disimuló siempre bajo la excusa de la Reconquista. ¿Acaso no hubo nadie motivado por el afán «reconquistador» sincero? ¿Todo ese montaje ideológico no caló en nadie, absolutamente en nadie, durante los seis siglos en los que, como mínimo, se mantuvo vigente? Sería como pensar que ni un solo nazi se creyó superior a un eslavo en tiempos de Hitler. Por muy falsas que fueran las doctrinas raciales y los conceptos de übermensch y lebensraum. ¿Ni un solo guardián de las SS creyó, aunque fuera durante un segundo, que los judíos eran seres inferiores? La teoría racial nazi existió aunque todos sus postulados sean falsos. Eso, o deberíamos decir que los nazis son «mal llamados racistas».

Como apunta García Fitz y sostiene Thomas F. Glick, «Por muy artificiosa que sea su utilización en un momento dado, parece evidente que, en la medida en que aquel ideal se formula explícita y reiteradamente, pasa a ocupar un lugar en el orden social y contribuye a forjar la imagen que la sociedad tiene de sí misma y de sus actos. En el universo ideológico de los núcleos políticos cristianos peninsulares, el ideal de la Reconquista sirvió ni más ni menos que para configurar un marco teórico de relaciones entre cristianos y musulmanes peninsulares y para definir un programa “modélico” de actuación política».

Es más: ese programa de actuación no surgió de la nada, sino que concuerda perfectamente con la teoría medieval más extendida para justificar la guerra. La Reconquista no solo es una consecuencia lógica de la idea de «Guerra Justa», sino que contribuye a formarla y encuentra paralelismos fuera del ámbito ibérico. Dice Jean Flori que la noción reconquistadora «Se presenta de forma relevante en la formación de la idea de cruzada. Baste pensar, si no, que Jerusalén y los Santos Lugares eran la herencia que Dios había dejado a su pueblo y que los musulmanes le habían usurpado inicuamente, de modo que su recuperación por la vía militar no era un acto de agresión, sino de justicia. Consecuentemente, la ideología cruzadista que los pontífices romanos trasladaron al ámbito hispánico llegaba cargada con un fuerte contenido de carácter “reconquistador”, visible a través de todo un lenguaje que dejaba pocas dudas en torno al objetivo vindicador y restaurador de la lucha contra los musulmanes: «recuperare», «restituere, «liberare», «reparare», «reddere», «revocare», «restaurare»… son los verbos con los que los papas expresaban la naturaleza de la acción que esperaban de sus fieles, y que no hacían sino fortalecer la justicia de la causa que subyacía en la noción reconquistadora específicamente hispánica». Efectivamente, el ideal de «Guerra Justa» desarrollado por san Agustín, que debería obligar a todo príncipe cristiano medieval, parece hecho a medida para que de él surjan tanto las Cruzadas en Tierra Santa como la Reconquista aquí.

¿Pero qué es la doctrina de la «Guerra Justa»? Pues la formulada por san Agustín en el siglo V, sistematizada más tarde por santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica. Para que se dé la Guerra Justa, han de cumplirse tres condiciones: que sea declarada por una autoridad legítima, que tenga una causa justa y que haya recta intención. Esta confluencia solo permite, pues, la guerra defensiva, de última ratio y que tenga como objetivo principal la paz. Nos dice García Fitz que los autores medievales más influyentes entendieron que había al menos tres causas que convertían la guerra en una acción legal, justa y necesaria: «La recuperación de los bienes que un enemigo hubiera robado en el curso de una campaña; la defensa de la integridad territorial cuando un adversario pretendiera invadirlo, o su expulsión si se hubiera llegado a materializar una anexión; la venganza de una injuria, esto es, la reacción frente a la violación de un derecho o el quebrantamiento de un orden político, moral o religioso».

En su repaso al estado de la cuestión, concluye García Fitz que «A estas alturas, parece evidente que el concepto de Reconquista no sólo está vigente, sino que su uso sigue siendo plenamente operativo. Y ello es así porque con un único término se hace referencia, sin necesidad de mayores explicaciones, a un proceso clave en la Edad Media peninsular, como fue la expansión militar a costa del Islam occidental, que estuvo revestido e impulsado por una ideología militante basada en los principios de guerra santa y de guerra justa, y que además tuvo una incidencia decisiva en la conformación de unas sociedades de frontera».



LA VISIÓN MEDIEVAL DE LA RECONQUISTA

Ha llegado el momento de aportar pruebas. Documentales, concretamente. Menciones históricas en las que se hable del ideal reconquistador, úsense los términos que se usen. ¿Fueron conscientes los pobladores de la Edad Media de que existía una ideología reconquistadora? ¿Se sentían ellos mismos ofendidos por un enemigo usurpador que había conquistado las tierras de sus antepasados? ¿Acaso los vestigios documentados responden todos a falsificaciones e interpolaciones modernas?

Pasaremos por el origen, porque como dicen algunos con mucha firmeza, sin conquista no puede haber reconquista. Y para negar la mayor, aducen que jamás existió una conquista musulmana. A partir de aquí puede hablarse de una integración pacífica o de una sucesiva islamización de la población goda e hispanorromana. Después viene lo de la convivencia modélica y las tres culturas, pasando de puntillas sobre las invasiones norteafricanas y los ocasionales ajustes de cuentas entre unos, otros y los que quedaban en medio.

Aunque, como ya he dicho, no soy historiador ni filólogo, carezco de método y no dispongo de una visión global sobre las disciplinas, voy a empezar con un texto traducido del árabe por Huici Miranda. Se trata del Kitab al-Muyib, escrito por al-Marrakushí, un cronista magrebí que nació antes de la batalla de Alarcos, fue coetáneo de las Navas de Tolosa y terminó su obra hacia 1224. Al-Marrakushí podría ser tildado de facha, pues tiene el cuajo de decir en pleno siglo XIII que «La Península de al-Ándalus fue conocida en los tiempos antiguos entre los cristianos como Península de Ašbanyā». Antes de eso, nada más empezar su crónica, al-Marrakushí dice que quiere describir al-Ándalus y exponer sus noticias y la vida de sus reyes «Desde su conquista hasta este nuestro tiempo». ¿A qué conquista se refiere? Enseguida lo aclara: «Ahora volvemos a la conquista y decimos: los musulmanes conquistaron la Península de al-Ándalus en el mes de Ramadán del año 92 de la Hégira, y se hizo su conquista por mano de Tariq». Explica más adelante el cronista que Tariq penetró en al-Ándalus, «Venció al enemigo y escribió a Musa ibn Nusayr, su amo, comunicándole la victoria y la conquista de lo que había conquistado en el país de al-Ándalus y lo que había logrado de botín».

No tardan mucho los cronistas musulmanes en hacerse eco de la reacción cristiana: la gesta de Covadonga. Sea verdad o mentira, burda escaramuza, gran batalla o simple invento justificador, lo cierto es que por el mundo medieval ibérico, tanto cristiano como musulmán, corría ya la historia de Pelayo, el primero que se resistió a la conquista. David Arbesú repasa estas noticias en su De Pelayo a Belay: la batalla de Covadonga según los historiadores árabes. Nos habla Arbesú de la crónica más antigua conocida, que es anónima y data del siglo XI: el Akhbar Mahmua; dice que se «Conquistó todo el país hasta llegar a Narbona, y se hizo dueño de Galicia, Álava y Pamplona». A partir de ahí se hace eco de la resistencia de un tal Belay y de su sublevación con unos pocos cristianos, hasta que se adueñó el distrito de Asturias. ¿Otras crónicas musulmanas? El Fath al-Ándalus, de principios del siglo XII, en la que se dice que Pelayo, hijo de Favila, se sublevó contra los árabes y los expulsó de su región. El Bayán al-Mugrib, valiosísima crónica de Ibn Idari, que cuenta cómo los musulmanes subestimaron a los trescientos hombres que habían quedado aislados en una peña de Galiquia, y que no cesaron de aumentar hasta convertirse en la causa de su salida. Una cita del Nafh al-Tib de al-Tilimsani remite al Muqtabis de Ibn Hayyán (siglo XI), donde se llama a Belay «despreciable bárbaro» y sublevado, refugiado en una elevada montaña con treinta hombres y diez mujeres, alimentándose con miel y haciéndose fuerte mientras los musulmanes lo subestimaban.

Todas estas referencias no tienen valor por sí solas para dar veracidad al mito fundacional de Covadonga, pero se hacen eco de él. Y es muy significativo que quienes hoy en día niegan Covadonga como hecho real, suelan ser también quienes niegan la Reconquista como concepto existente durante la Edad Media. Si Covadonga es un invento propagandístico, ¿qué objeto tenía pues?

Dicen los detractores de la Reconquista que lo que hicieron los reyes de Asturias fue conquistar, no reconquistar. Conquistar un territorio ajeno. El mismo David Arbesú, en Usos políticos del Éxodo: del rey Pelayo al siglo XXI, explica que el scriptorium de Alfonso III fue el que reelaboró la historia de Pelayo. Es la Crónica de Alfonso III, compuesta entre los años 884 y 889, la que habla de aquella gesta sobrehumana que acabó con 187.000 musulmanes muertos en Covadonga. Redactada más de 150 años después de la supuesta batalla, nos muestra la figura de Pelayo como agente divino, y afirma que los godos habían salido victoriosos in terminis Spaniae. Dice Arbesú que esto no es más que un intento de legitimar una monarquía reciente, la asturiana, haciéndola descender de la goda, lo que la convertía en acreedora del derecho a recuperar lo usurpado. Puede discutirse si el cronista decía la verdad o mentía. Haga una cosa u otra, está enarbolando una justificación ideológica para reconquistar. De modo que cuando un rey plenomedieval como Fernando III actúe sintiéndose heredero de los reyes asturianos, dará igual que su motivación provenga de una mentira: él seguirá recuperando lo «usurpado», y continuando lo que empezó in terminis Spaniae. Un cristiano es cristiano aunque Dios no exista.

La Crónica Albeldense, muy cercana a la de Alfonso III, explica entre otras cosas que desde Covadonga se devolvió la libertad al pueblo cristiano, y que la lucha continúa hacia un final cierto: «Sarraceni euocati Spanias occupant regnumque Gotorum capiunt, quem aduc usque ex parte pertinaciter possedunt. Et cum eis Xpiani die noctuque bella iniunt et cotidie confligunt, dum predestinatio usque diuina dehinc eos expelli crudeliter iubeat. Amen». Los sarracenos ocupan España y se apoderan del reino de los godos, que todavía retienen de manera pertinaz. Y con ellos los cristianos día y noche afrontan batalla y cotidianamente luchan, hasta que la predestinación divina ordene que sean cruelmente expulsados de aquí.

En El siglo XI en primera persona, García Gómez se hace eco de las Memorias de Abd Allah, útimo rey zirí de Granada. El zirí rememora las palabras que le dirigió Sisnando, gobernador mozárabe de Coimbra y, después, de Toledo: «Al-Ándalus pertenecía a los cristianos hasta que fueron vencidos por los árabes, que los obligaron a refugiarse en Galicia, la región más desfavorecida por la naturaleza. Pero ahora, que es posible, desean recuperar lo que le fue tomado por la fuerza».

Hay una crónica epistolar atribuida a un cruzado inglés que, de camino a Tierra Santa, se detuvo en el recién nacido reino de Portugal para ayudar en la conquista de Lisboa. Era el año 1147. Y cuenta que el arzobispo de Braga se dirigió así a sus enemigos: «Vosotros, moros y moabitas, sustrajisteis fraudulentamente el reino de la Lusitania a vuestros y nuestros reyes. Desde entonces hasta ahora han sido hechas, y cada día se hacen, innumerables devastaciones de ciudades, villas e iglesias. Nuestras ciudades y tierras, que antes de vosotros eran habitadas por los cristianos, injustamente retenéis desde hace más de 358 años». Civitates nostras et terrarum possessiones injuste retinetis. Como hecho a medida para desatar la Guerra Justa según san Agustín.

No pasa medio siglo desde la conquista de Lisboa, y los cristianos peninsulares se enfrentan al mayor peligro de su historia: la invasión almohade. La reacción de los reinos católicos no es todo lo enérgica que debiera, de modo que el papa, Celestino III, les dirige esta reconvención en 1192, solo tres años antes de la batalla de Alarcos. Toda una invitación a cumplir con la doctrina agustiniana de la Guerra Justa: «No es contrario a la fe católica el mandato de perseguir y exterminar a los sarracenos, pues a ejemplo de los que se lee en el libro de los Macabeos, los cristianos no pretenden adueñarse de tierras ajenas, sino de la herencia de sus padres, que fue injustamente desposeída por los enemigos de la cruz de Cristo. Además, es legítimo y admitido por el derecho de gentes que de los lugares ocupados por los enemigos que los retienen con injuria de la Divina Majestad, el pío expulse al impío, y el justo al injusto».

Entre Alarcos y las Navas se redacta en romance el Liber Regum, que narra la genealogía de los reyes aragoneses, navarros, castellanos y franceses. Habla primero de la conquista musulmana y, atención, de cómo, tras perdida la tierra, se recobró: «E pues faularemos de los godos como uinieron en Espanna e como la conquirieron, e del rei Bamba e del rey Rodrigo e del comte don Julian, e como se perdie la tierra, e pues como se recobro». Y después explica cómo Pelayo organizó la resistencia: «Quando fo perdido el rei Rodrigo conquerieron moros toda la tierra troa en Portogal et en Gallicia fueras de las montañas d' Asturias. En aquellas montañas s'acuellieron todas las hientes de la tierra los qui escaporon de la batalla. E fizieron rei por election al rei don Pelaio, qui estaua en una cueva en Asseua. Est rei don Pelaio fo muit buen rei e leial. E todos los xianos qui eran en las montannas acullieron se todos ad el e guerreioron a moros e fizieron muitas batallas e uencieronlas».

Hay una curiosa introducción histórica en el Fuero General de Navarra, escrito en 1238 en la lengua romance propia de la corte, el navarro-aragonés: «Entonz se perdió Espayna ata los puertos, sinon Galicia, las Asturias, et daquí Alava et Vizquaya, et de la part Baztan et la Berrueza et Deyerri et en Ansso, es sobre Iaca et encara en Roncal et Sarassaz et en Sobrare et en Aynssa. Et en estas montaynas se alzaron muyt pocas gentes (…) quoanto eyllos meior podieron como ombres que se ganavan las tieras de los moros; et despues esleyeron rey á D. Pellayo qui fue del linage de los godos et guerreó de las Asturias a los moros et de todas las montaynas».

Volvamos a Ibn Idari y su Bayán al-Mugrib, crónica escrita hacia 1312 y en la que se narra lo que Fernando I, rey de León, dijo a los embajadores del emir de Toledo en el siglo XI: «Nosotros hemos dirigido hacia vosotros lo que nos procuraron aquellos de los vuestros que vinieron a nosotros, y solamente pedimos nuestro país que nos lo arrebatasteis antiguamente, al principio de vuestro poder, y lo habitasteis el tiempo que os fue decretado; ahora os hemos vencido por vuestra maldad. ¡Emigrad, pues, a vuestra orilla y dejadnos nuestro país!, porque no será bueno para vosotros habitar en nuestra compañía después de hoy; pues no nos apartaremos de vosotros a menos que Dios dirima el litigio entre nosotros y vosotros». Es un cronista musulmán del siglo XIV quien se hace eco ahora: los cristianos solo piden el país que los musulmanes les arrebataron antiguamente.

Hay una arenga atribuida a Alfonso VIII de Castilla antes de la batalla de las Navas, cuando se dirige a «los de Aragon et portogaleses et gallegos et asturianos». Figura en la Primera Crónica General, compuesta entre 1270 y 1344, y que quiere hacerse eco de lo que a su vez escribió el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, participante en la batalla, buen amigo del rey castellano y redactor del De rebus Hispaniae: «Amigos, todos nos somos espannoles, et entraronnos los moros la tierra por fuerça et conquirieronnosla, et en poco estidieron los cristianos que a essa sazon eran, que non fueran derraygados et echados della; et essos pocos que fincaron de nos en las montannas, tomaron sobre si, et matando ellos de nuestros enemigos et muriendo dellos y, fueron podiendo con los moros, de guisa que los fueron allongando et arredrando de si. Et quando  fuerça dellos, como eran muchos además, uinie a los nuestros dond nos uenimos, llamauanse a ssus ayudas, et uinien unos a otros et ayudauanse, et podían con los moros, ganando siempre tierra dellos, fasta que es la cosa uenida a aquellos en que uedes que oy esta».

Llegamos ya casi al final de la Edad Media, dispuestos para empalmar con esa «restauración» de Ambrosio de Morales en 1574. En una carta de los Reyes Católicos al sultán de Egipto ante su mediación para evitar la conquista de Baza, en 1489, le escriben que «Tanto al Soldán como á los demás mahometanos eran notorias la violencia y perfidia de que se valieron un tiempo los árabes para ocupar las Españas y otras muchas provincias del mundo poseídas por los cristianos por derecho hereditario. Y territorios ocupados injustamente podían con justicia ser recuperados por su señores legítimos… como los reyes de España en el transcurso de los tiempos, imitando al esfuerzo del primer defensor Pelayo, habían restituido á la fe católica todas las demás regiones de la Península».

Hay conquista y hay Reconquista. Por muy falsos que sean algunos hechos narrados, exagerados o directamente mitificados, nos lo dice Eloy Benito Ruano en Tópicos y realidades de la Edad Media: «Cierta o no, no cabe duda de que la reconquista era a la altura de Alfonso III (866-910) algo más que un proyecto nebuloso». Añade que no puede negarse que el estado de opinión que traslucía la Crónica Albeldense existía, por poco generalizado que estuviese. «Y si esta opinión existía y a su luz se interpretaban las campañas de Alfonso III es porque el proyecto que llamamos reconquista estaba definiéndose como lo que acabaría siendo más adelante: una ideología justificativa de la expansión territorial y de la conquista de los territorios detentados por los musulmanes».

Esto no convencerá a aquellos, incluidos historiadores, que darían cualquier cosa por desterrar el término «Reconquista» de nuestra lengua y borrar el concepto de Reconquista de nuestro pasado. Aquellos que, como dice Ladero Quesada en Lecturas sobre la España histórica, «prefieren hablar de conquista y sustitución de una sociedad y una cultura, la andalusí, por otra, la cristiano-occidental; pero aunque esto fue así, también lo es que el concepto de reconquista nació en los siglos medievales y pertenece a su realidad en cuanto que sirvió para justificar ideológicamente muchos aspectos de aquel proceso».

¿Y cómo pudo sobrevivir esta ideología si no fue asumida a partir de su creación? Porque la sociedad ibérica medieval acabó aceptándola y aplicándola. Lo expresa con claridad Benito Ruano: «A una ideología no se le pide que sea verdadera o falsa, sino que sea operativa. Y sin duda, la ideología de la reconquista lo fue en grado sumo».

Y ya está. Sépanlo, damas y caballeros, para cuando toque usar la palabreja y no se atrevan. O para cuando la usen y alguien les aclare que no: no existió la Reconquista.


sábado, 2 de marzo de 2019

Acerca de Santiago Posteguillo y Yo, Julia


«Nuestra imaginación tiene una gran autoridad sobre nuestras ideas; y no hay ideas que, siendo diferentes entre sí, ella no pueda separar, y juntar, y componer en todas las variedades de la ficción».

David Hume,
Compendio de un tratado de la naturaleza humana



Conocí a Santiago Posteguillo en la primavera de 2009. Él ya era un autor que emergía con potencia, aunque todavía no le llovían los premios ni los reconocimientos internacionales, y estaba aún muy lejos de entrar siquiera en las quinielas del Planeta. Yo había publicado un par de novelillas y pensaba, como otros aficionados a juntaletras, que sabía más de lo que ignoraba. Durante tres meses asistí a sus clases de escritura creativa en Valencia y, aparte de percibir que en realidad mi ignorancia excedía en mucho a mis conocimientos, me di cuenta de que para aquel hombre sencillo, de hablar cordial y extensa erudición, la literatura era tanto un amor como una necesidad. Un tesoro que alguien le había legado a través de los milenios y que defendería hasta las últimas consecuencias. Resultaba fácil imaginárselo como uno de sus personajes. Puesto en pie ante el Senado, grave el gesto, toga recogida en el brazo izquierdo: «Patres conscripti!». Porque ese era —es— otro de sus grandes amores; otra de sus grandes pasiones: Roma.
Leer sus obras es, en verdad, recobrar el pasado para asentar el futuro. Un complemento ideal para aquellas sesiones semanales en el palacio de Malferit. Y es que hay en Posteguillo algo de esos legionarios que recrea en sus novelas. Hombres empeñados en batirse contra la barbarie, espada en mano, en la boca el nombre de Roma. ¿Existe misión más épica que luchar contra la incultura que nos oprime? No, seguro. Ni más épica ni más noble. No en vano hay también en Posteguillo algo de patricio. De aristócrata de las letras que se sabe heredero de la filosofía, del derecho, de la poesía que nos convirtió en quienes somos, aunque lo hayamos olvidado. Se dice que, tras la batalla, los legionarios que se habían destacado de forma extraordinaria recibían coronas al valor. Pocas coronas tiene Posteguillo, patres conscripti. Pocas por todo lo que ha hecho, lo que hace, para que nuestra Roma sea de nuevo Victoriosa.
Es una sensación que no ha de escapar a los cientos de miles que leen sus libros a ambos lados del Atlántico. Porque las letras españolas, las letras valencianas, tienen un inmejorable embajador en él. Reto a quien se atreva a que me mejore este mérito. A que me presente a un valenciano que hoy, en la era de Internet, arrastre a más lectores desde la comodidad de sus sillones en México, en Colombia, en Chile o en España, hacia el amor por la historia y la literatura.
Y hablando de océanos y nuevos mundos: que no se diga que Posteguillo se queda en nuestra Roma. Enamorado (también) de la literatura inglesa, lo he visto citar a Coleridge para ponderar a sus alumnos. Y, con el derecho que me da haber sido uno de ellos, le respondo: gracias, maestro, en nombre de todos esos cuya sed apagaste. ¿No era así como lo rimaba el viejo marino? Water, water everywhere / nor any drop to drink. Afortunados de nosotros, los que te tuvimos como maestro, porque flotábamos a la deriva entre novelas históricas que no saciaban nuestra sed. Y He aquí que, de repente, emerge desde la bruma la nave dispuesta a dignificar ese género denostado y parasitado como ningún otro. Al timón va Posteguillo, heredero de sagas islandesas y de romanticismos decimonónicos, habitante de Tierras Medias, conductor de ejércitos a través de los Alpes y del desierto sirio, gladiador y dramaturgo, navega a todo trapo, Asia a un lado, al otro Europa. Como un pionero destinado a descubrir un nuevo estadio para la narrativa histórica. Acaso sea como uno de esos cónsules republicanos dispuestos a llevar Roma por encima de toda frontera, o como un emperador que empujara el limes hasta el Danubio y más allá. Eso es, sí: Posteguillo nos civiliza, nos conquista con sus novelas. No solo nos recuerda quiénes somos y lo mucho que nos queda por aprender; además nos dota de la herramienta esencial para conseguirlo: la literatura[1].




Ahora llega el premio Planeta con Yo, Julia. Ojo, porque el asunto tiene enjundia. Léase despacio y con énfasis en las mayúsculas: POSTEGUILLO gana el PLANETA con una NOVELA HISTÓRICA. Tres Miuras, tres, con los que me dispongo a redondear la faena. Que no es reseña, por cierto. Yo no hago reseñas. Yo escribo, y a veces también leo. Y cuando leo novelas, unas las disfruto y otras no. Eso no tiene nada que ver con que a otros les gusten o disgusten las mismas que a mí. Allá cada cual.
Lo confieso: me impuse leer Yo, Julia solo tras una razonablemente exitosa liberación de prejuicios. En casos como este, con un autor no solo conocido por mí, sino por millones de lectores, no es poca cosa evitar la predisposición. Y eso que lo más fácil fue ignorar el aprecio que le tengo. Más difícil resulta soslayar las connotaciones del premio Planeta en los últimos años. A propósito de eso: se trata de una novela histórica, modalidad que carga con las alforjas más pesadas del mercado, tanto por los estereotipos que se multiplican sobre ella como por la gran cantidad de autores que se apuntan a la moda del género más vendido. Vale: no es la primera vez que una novela histórica se lleva el Planeta, pero seguro que el premio nunca le había venido tan bien al género como ahora. Un nuevo mérito para el cursus honorum de Posteguillo.
¿Novela Histórica? De entrada, cuidado. Advierto: que yo haya escrito alguna novelilla histórica no me vuelve más clemente con el género. De hecho es al revés. ¿Por qué? Pues porque la Novela Histórica obra la maravilla de interesar por su pasado a muchos lectores, y eso ha determinado una tendencia historicista que, a mi modo de ver, no le ha hecho bien al género. Y no es menos cierto que algún que otro crítico de pacotilla, armado con una guadaña de ego insatisfecho, encuentra en este terreno su presunta mala hierba. Algo a lo que meter tajos con los dientes apretados para desahogarse de sus frustraciones personales. O, simplemente, una excusa para ser el más malote de su barrio[2]. Así, la Novela Histórica está tan asediada como Bizancio por las tropas de Severo. Y uno no escribe a gusto cuando le están machacando la muralla a bolañazos o pierde sueño para no le monten un asalto nocturno.
¿Cuál es el remedio? ¿Qué theriaca nos prepara Galeno para prevenir los daños de ese veneno? La libertad. Eso es.
Existe algo difícil de asumir, lo he comprobado, por quienes carecen de vis narrativa: la humana e ineluctable necesidad de que prevalezca la libertad creativa. El arte no es un traje hecho a medida del juntaletras Fulanito ni del escupecríticas Menganito. ¿Reglas en Novela Histórica? Nunca, salvo las que cada autor asuma o se invente, y solo para su propia obra. Esto es importante, consérvese en la memoria para evitar malentendidos: no existen cánones en Novela Histórica porque no hay autoridad legitimada para imponerlos. No contamos con un consejo de ancianos, ni con un órgano colegiado multidisciplinar. Ni siquiera los grandes autores, desde su individualidad, han sido capaces de registrar un sistema de obligaciones y sanciones.
Pues eso: cuando alguien os quiera explicar qué normas rigen el género, echad unas risas y pasad a otra cosa. Que el autor puede ser didáctico o no, rellenar lagunas o valerse cien por cien de la ficción, ser riguroso históricamente hasta el extremo o inventarse un nuevo estilo, priorizar el entretenimiento o buscar la reflexión. O sea, creo que las novelas han de juzgarse de forma subjetiva y de acuerdo con las impresiones que causan: cada lector es juez; y su sentencia, tan válida como la de cualquier otro juez. ¿Persuadir de una lectura? O mucho peor: ¿disuadir de ella? Ya me libraré yo de suponer gustos ajenos sobre la base de mis propios gustos. Lo que escribo aquí son mis impresiones, y no espero que coincidan en lo más mínimo con las impresiones de cualquier otro lector, que habrá formado su capacidad crítica y su sensibilidad al arte a lo largo de una vida que no es la mía, y que por tanto no coincide en experiencias, imaginación, sueños, expectativas, gustos, amores y fobias. De hecho, creo que es más fácil hallar semejanzas entre autores que entre lectores. Evidentemente, no es el caso de Posteguillo. Posteguillo es libre porque solo se obedece a sí mismo. En otras palabras, hace lo que quiere. Lo hace porque puede, sí, pero también puede porque quiere. Así que, si alguien pretende seguir sus pasos, empiece por actuar de acuerdo consigo mismo, no por agradar a las tropas de parásitos que revolotean sobre la Novela Histórica. Y si otro alguien pretende derribar a nuestro héroe de su merecido pedestal, hágase leer por cientos de miles de lectores y rellene su vitrina de premios. Después hablamos.
Más mérito para el cursus honorum: resulta que Posteguillo es un valenciano que escribe en castellano. Poco más o menos equivalente a ser siria y llegar a emperatriz de Roma. Figurar como uno de los autores españoles más leídos no ha sido óbice para que algún que otro responsable cultural de la Terreta haya denostado la facilidad posteguilliana en la acumulación de lectores y premios[3]. Esto es algo que concierne a la cara fea de lo valenciano, a cómo los sectores oficiales de la cultura prefieren ignorar o despreciar a quienes, como Posteguillo, escriben en una de las lenguas más extendidas del planeta. No en vano, hace muy poco que Blasco Ibáñez recibió el reconocimiento oficial de la cultura valenciana, y solo tras haberse traducido su obra —lo cual me parece genial— y previa aclaración por uno de los voceros del oficialismo de que don Vicente, a pesar de ese defectillo de escribir en una lengua ajena, pensaba en valenciano —con dos cojones y un tambor—. En fin, Supongo que unos y otros, los autoproclamados críticos especialistas en Novela Histórica y los prebostes autonómicos de la cultura subvencionada, valorarían más a Posteguillo si escribiera obras cuyos lectores no pasaran de doce o catorce. Pero no es así, se siente. Uno puede emplear medio día en escribir una filípica profusa y razonada, o invertir dos millones de euros en planes de fomento de la lectura con discriminación positiva: el resultado es siempre vano para la literatura, porque de donde no hay no se puede sacar. Pero Posteguillo chasca los dedos y crea cien lectores. Así que, ¿qué os diré en cuanto a estos cagamandurrias displicentes, adulterados por el estudio o por la afiliación política? Pues que, como nos señaló Zbigniew Herbert, la basura siempre flota en dirección de la corriente; dejemos mientras tanto que Posteguillo nade río arriba, forma única de llegar a la fuente.
Malevolencias y vanidades aparte, es indudable que Posteguillo ha acertado al crear sus propias reglas, las que le valen solo a él y lo convierten en un novelista libre. En parte las mismas que ha usado en Yo, Julia, diría yo. Aunque puedo equivocarme, claro. Si acaso, algunos de los cambios llamativos respecto de las anteriores novelas son, aparte del protagonismo femenino, la inclusión de una heroína ya forjada y la extensión del texto —objetivamente largo, pero corto si lo comparamos con los previos, sobre todo porque estos forman parte de trilogías—. Aunque se trata de detalles técnicos; lo mismo podrían variar el enfoque narrativo o la cantidad de secundarios. He disfrutado mucho con Yo, Julia. Como siempre con Posteguillo, me he enganchado a la trama y se han despertado mis inquietudes. No solo como lector: Posteguillo me abre el apetito de escribir, pone en funcionamiento la rueda, prende la mecha. Lo conseguía hace diez años y lo sigue consiguiendo ahora. Da tanta envidia Posteguillo que a uno le gustaría que no fuera ese tipo generoso y comunicador. Pero lo es, y por eso me alegra tanto que reciba premios, que venda a carretadas, que lo lean a legiones, que lo adoren sus incondicionales y que lo pongan a caldo los bárbaros.
En fin: es evidente que sus novelas históricas funcionan, que despiertan el interés de los lectores. ¿Son susceptibles de análisis esas reglas posteguillianas? ¿Hay una técnica reconocible que lo impulsa hacia el triunfo global? ¿Cómo ha logrado alzar hasta altas cotas la novela histórica? Sus virtudes habrá que buscarlas en la elección de sus personajes, tal vez. Escipión, Aníbal, Trajano o Julia son protagonistas tan poderosos, con tanto que ofrecer, que probablemente resida ahí uno de los secretos. ¿Y la forma de narrar? Posteguillo ha sabido adaptar la letra escrita al ritmo que nos impone nuestra inevitable percepción cinematográfica. Sus novelas son extensas, y parece que esto gusta a los lectores, pues nos prometemos muchas horas de gozo. El estilo posteguilliano a la hora de describir las batallas es otro de sus puntos fuertes.
Aunque puede que haya algo más. Ese algo que impide concluir el análisis, que determina que no exista un método infalible. Un todo bello que, como indicaba el mismo Coleridge citado por Posteguillo, es síntesis y armonía, resultado del ordenamiento creativo de la imaginación. Resultado de la libertad.


Sebastián Roa. Marzo de 2019





[1] Las líneas anteriores son síntesis de un artículo de mi autoría, encargado para conmemorar la inclusión de Posteguillo entre los galardonados en los XXV Premios Turia, en Valencia, en 2016.

[2] Verbigracia, los rebuznos radiofónicos de un tal Juan Adriansens, sea quien sea ese tipo: https://bit.ly/2tMgMYO.

[3] Santiago Posteguillo recibió el Premio de las Letras de la Generalitat Valenciana en 2010 (https://bit.ly/2GR9HPk), lo que ocasionó que una librera y política del PSPV, por aquel entonces directora de la Fira del Llibre de Valencia, hablara de «genocidio cultural» en lo relativo a la lengua y la cultura «propias» (https://bit.ly/2GSyB12). Eso no fue obstáculo para que esa misma librera, poco después, hiciera una suculenta caja en su estand de la feria vendiendo novelas de Posteguillo —entre muchas otras escritas en castellano—.