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sábado, 2 de marzo de 2019

Acerca de Santiago Posteguillo y Yo, Julia


«Nuestra imaginación tiene una gran autoridad sobre nuestras ideas; y no hay ideas que, siendo diferentes entre sí, ella no pueda separar, y juntar, y componer en todas las variedades de la ficción».

David Hume,
Compendio de un tratado de la naturaleza humana



Conocí a Santiago Posteguillo en la primavera de 2009. Él ya era un autor que emergía con potencia, aunque todavía no le llovían los premios ni los reconocimientos internacionales, y estaba aún muy lejos de entrar siquiera en las quinielas del Planeta. Yo había publicado un par de novelillas y pensaba, como otros aficionados a juntaletras, que sabía más de lo que ignoraba. Durante tres meses asistí a sus clases de escritura creativa en Valencia y, aparte de percibir que en realidad mi ignorancia excedía en mucho a mis conocimientos, me di cuenta de que para aquel hombre sencillo, de hablar cordial y extensa erudición, la literatura era tanto un amor como una necesidad. Un tesoro que alguien le había legado a través de los milenios y que defendería hasta las últimas consecuencias. Resultaba fácil imaginárselo como uno de sus personajes. Puesto en pie ante el Senado, grave el gesto, toga recogida en el brazo izquierdo: «Patres conscripti!». Porque ese era —es— otro de sus grandes amores; otra de sus grandes pasiones: Roma.
Leer sus obras es, en verdad, recobrar el pasado para asentar el futuro. Un complemento ideal para aquellas sesiones semanales en el palacio de Malferit. Y es que hay en Posteguillo algo de esos legionarios que recrea en sus novelas. Hombres empeñados en batirse contra la barbarie, espada en mano, en la boca el nombre de Roma. ¿Existe misión más épica que luchar contra la incultura que nos oprime? No, seguro. Ni más épica ni más noble. No en vano hay también en Posteguillo algo de patricio. De aristócrata de las letras que se sabe heredero de la filosofía, del derecho, de la poesía que nos convirtió en quienes somos, aunque lo hayamos olvidado. Se dice que, tras la batalla, los legionarios que se habían destacado de forma extraordinaria recibían coronas al valor. Pocas coronas tiene Posteguillo, patres conscripti. Pocas por todo lo que ha hecho, lo que hace, para que nuestra Roma sea de nuevo Victoriosa.
Es una sensación que no ha de escapar a los cientos de miles que leen sus libros a ambos lados del Atlántico. Porque las letras españolas, las letras valencianas, tienen un inmejorable embajador en él. Reto a quien se atreva a que me mejore este mérito. A que me presente a un valenciano que hoy, en la era de Internet, arrastre a más lectores desde la comodidad de sus sillones en México, en Colombia, en Chile o en España, hacia el amor por la historia y la literatura.
Y hablando de océanos y nuevos mundos: que no se diga que Posteguillo se queda en nuestra Roma. Enamorado (también) de la literatura inglesa, lo he visto citar a Coleridge para ponderar a sus alumnos. Y, con el derecho que me da haber sido uno de ellos, le respondo: gracias, maestro, en nombre de todos esos cuya sed apagaste. ¿No era así como lo rimaba el viejo marino? Water, water everywhere / nor any drop to drink. Afortunados de nosotros, los que te tuvimos como maestro, porque flotábamos a la deriva entre novelas históricas que no saciaban nuestra sed. Y He aquí que, de repente, emerge desde la bruma la nave dispuesta a dignificar ese género denostado y parasitado como ningún otro. Al timón va Posteguillo, heredero de sagas islandesas y de romanticismos decimonónicos, habitante de Tierras Medias, conductor de ejércitos a través de los Alpes y del desierto sirio, gladiador y dramaturgo, navega a todo trapo, Asia a un lado, al otro Europa. Como un pionero destinado a descubrir un nuevo estadio para la narrativa histórica. Acaso sea como uno de esos cónsules republicanos dispuestos a llevar Roma por encima de toda frontera, o como un emperador que empujara el limes hasta el Danubio y más allá. Eso es, sí: Posteguillo nos civiliza, nos conquista con sus novelas. No solo nos recuerda quiénes somos y lo mucho que nos queda por aprender; además nos dota de la herramienta esencial para conseguirlo: la literatura[1].




Ahora llega el premio Planeta con Yo, Julia. Ojo, porque el asunto tiene enjundia. Léase despacio y con énfasis en las mayúsculas: POSTEGUILLO gana el PLANETA con una NOVELA HISTÓRICA. Tres Miuras, tres, con los que me dispongo a redondear la faena. Que no es reseña, por cierto. Yo no hago reseñas. Yo escribo, y a veces también leo. Y cuando leo novelas, unas las disfruto y otras no. Eso no tiene nada que ver con que a otros les gusten o disgusten las mismas que a mí. Allá cada cual.
Lo confieso: me impuse leer Yo, Julia solo tras una razonablemente exitosa liberación de prejuicios. En casos como este, con un autor no solo conocido por mí, sino por millones de lectores, no es poca cosa evitar la predisposición. Y eso que lo más fácil fue ignorar el aprecio que le tengo. Más difícil resulta soslayar las connotaciones del premio Planeta en los últimos años. A propósito de eso: se trata de una novela histórica, modalidad que carga con las alforjas más pesadas del mercado, tanto por los estereotipos que se multiplican sobre ella como por la gran cantidad de autores que se apuntan a la moda del género más vendido. Vale: no es la primera vez que una novela histórica se lleva el Planeta, pero seguro que el premio nunca le había venido tan bien al género como ahora. Un nuevo mérito para el cursus honorum de Posteguillo.
¿Novela Histórica? De entrada, cuidado. Advierto: que yo haya escrito alguna novelilla histórica no me vuelve más clemente con el género. De hecho es al revés. ¿Por qué? Pues porque la Novela Histórica obra la maravilla de interesar por su pasado a muchos lectores, y eso ha determinado una tendencia historicista que, a mi modo de ver, no le ha hecho bien al género. Y no es menos cierto que algún que otro crítico de pacotilla, armado con una guadaña de ego insatisfecho, encuentra en este terreno su presunta mala hierba. Algo a lo que meter tajos con los dientes apretados para desahogarse de sus frustraciones personales. O, simplemente, una excusa para ser el más malote de su barrio[2]. Así, la Novela Histórica está tan asediada como Bizancio por las tropas de Severo. Y uno no escribe a gusto cuando le están machacando la muralla a bolañazos o pierde sueño para no le monten un asalto nocturno.
¿Cuál es el remedio? ¿Qué theriaca nos prepara Galeno para prevenir los daños de ese veneno? La libertad. Eso es.
Existe algo difícil de asumir, lo he comprobado, por quienes carecen de vis narrativa: la humana e ineluctable necesidad de que prevalezca la libertad creativa. El arte no es un traje hecho a medida del juntaletras Fulanito ni del escupecríticas Menganito. ¿Reglas en Novela Histórica? Nunca, salvo las que cada autor asuma o se invente, y solo para su propia obra. Esto es importante, consérvese en la memoria para evitar malentendidos: no existen cánones en Novela Histórica porque no hay autoridad legitimada para imponerlos. No contamos con un consejo de ancianos, ni con un órgano colegiado multidisciplinar. Ni siquiera los grandes autores, desde su individualidad, han sido capaces de registrar un sistema de obligaciones y sanciones.
Pues eso: cuando alguien os quiera explicar qué normas rigen el género, echad unas risas y pasad a otra cosa. Que el autor puede ser didáctico o no, rellenar lagunas o valerse cien por cien de la ficción, ser riguroso históricamente hasta el extremo o inventarse un nuevo estilo, priorizar el entretenimiento o buscar la reflexión. O sea, creo que las novelas han de juzgarse de forma subjetiva y de acuerdo con las impresiones que causan: cada lector es juez; y su sentencia, tan válida como la de cualquier otro juez. ¿Persuadir de una lectura? O mucho peor: ¿disuadir de ella? Ya me libraré yo de suponer gustos ajenos sobre la base de mis propios gustos. Lo que escribo aquí son mis impresiones, y no espero que coincidan en lo más mínimo con las impresiones de cualquier otro lector, que habrá formado su capacidad crítica y su sensibilidad al arte a lo largo de una vida que no es la mía, y que por tanto no coincide en experiencias, imaginación, sueños, expectativas, gustos, amores y fobias. De hecho, creo que es más fácil hallar semejanzas entre autores que entre lectores. Evidentemente, no es el caso de Posteguillo. Posteguillo es libre porque solo se obedece a sí mismo. En otras palabras, hace lo que quiere. Lo hace porque puede, sí, pero también puede porque quiere. Así que, si alguien pretende seguir sus pasos, empiece por actuar de acuerdo consigo mismo, no por agradar a las tropas de parásitos que revolotean sobre la Novela Histórica. Y si otro alguien pretende derribar a nuestro héroe de su merecido pedestal, hágase leer por cientos de miles de lectores y rellene su vitrina de premios. Después hablamos.
Más mérito para el cursus honorum: resulta que Posteguillo es un valenciano que escribe en castellano. Poco más o menos equivalente a ser siria y llegar a emperatriz de Roma. Figurar como uno de los autores españoles más leídos no ha sido óbice para que algún que otro responsable cultural de la Terreta haya denostado la facilidad posteguilliana en la acumulación de lectores y premios[3]. Esto es algo que concierne a la cara fea de lo valenciano, a cómo los sectores oficiales de la cultura prefieren ignorar o despreciar a quienes, como Posteguillo, escriben en una de las lenguas más extendidas del planeta. No en vano, hace muy poco que Blasco Ibáñez recibió el reconocimiento oficial de la cultura valenciana, y solo tras haberse traducido su obra —lo cual me parece genial— y previa aclaración por uno de los voceros del oficialismo de que don Vicente, a pesar de ese defectillo de escribir en una lengua ajena, pensaba en valenciano —con dos cojones y un tambor—. En fin, Supongo que unos y otros, los autoproclamados críticos especialistas en Novela Histórica y los prebostes autonómicos de la cultura subvencionada, valorarían más a Posteguillo si escribiera obras cuyos lectores no pasaran de doce o catorce. Pero no es así, se siente. Uno puede emplear medio día en escribir una filípica profusa y razonada, o invertir dos millones de euros en planes de fomento de la lectura con discriminación positiva: el resultado es siempre vano para la literatura, porque de donde no hay no se puede sacar. Pero Posteguillo chasca los dedos y crea cien lectores. Así que, ¿qué os diré en cuanto a estos cagamandurrias displicentes, adulterados por el estudio o por la afiliación política? Pues que, como nos señaló Zbigniew Herbert, la basura siempre flota en dirección de la corriente; dejemos mientras tanto que Posteguillo nade río arriba, forma única de llegar a la fuente.
Malevolencias y vanidades aparte, es indudable que Posteguillo ha acertado al crear sus propias reglas, las que le valen solo a él y lo convierten en un novelista libre. En parte las mismas que ha usado en Yo, Julia, diría yo. Aunque puedo equivocarme, claro. Si acaso, algunos de los cambios llamativos respecto de las anteriores novelas son, aparte del protagonismo femenino, la inclusión de una heroína ya forjada y la extensión del texto —objetivamente largo, pero corto si lo comparamos con los previos, sobre todo porque estos forman parte de trilogías—. Aunque se trata de detalles técnicos; lo mismo podrían variar el enfoque narrativo o la cantidad de secundarios. He disfrutado mucho con Yo, Julia. Como siempre con Posteguillo, me he enganchado a la trama y se han despertado mis inquietudes. No solo como lector: Posteguillo me abre el apetito de escribir, pone en funcionamiento la rueda, prende la mecha. Lo conseguía hace diez años y lo sigue consiguiendo ahora. Da tanta envidia Posteguillo que a uno le gustaría que no fuera ese tipo generoso y comunicador. Pero lo es, y por eso me alegra tanto que reciba premios, que venda a carretadas, que lo lean a legiones, que lo adoren sus incondicionales y que lo pongan a caldo los bárbaros.
En fin: es evidente que sus novelas históricas funcionan, que despiertan el interés de los lectores. ¿Son susceptibles de análisis esas reglas posteguillianas? ¿Hay una técnica reconocible que lo impulsa hacia el triunfo global? ¿Cómo ha logrado alzar hasta altas cotas la novela histórica? Sus virtudes habrá que buscarlas en la elección de sus personajes, tal vez. Escipión, Aníbal, Trajano o Julia son protagonistas tan poderosos, con tanto que ofrecer, que probablemente resida ahí uno de los secretos. ¿Y la forma de narrar? Posteguillo ha sabido adaptar la letra escrita al ritmo que nos impone nuestra inevitable percepción cinematográfica. Sus novelas son extensas, y parece que esto gusta a los lectores, pues nos prometemos muchas horas de gozo. El estilo posteguilliano a la hora de describir las batallas es otro de sus puntos fuertes.
Aunque puede que haya algo más. Ese algo que impide concluir el análisis, que determina que no exista un método infalible. Un todo bello que, como indicaba el mismo Coleridge citado por Posteguillo, es síntesis y armonía, resultado del ordenamiento creativo de la imaginación. Resultado de la libertad.


Sebastián Roa. Marzo de 2019





[1] Las líneas anteriores son síntesis de un artículo de mi autoría, encargado para conmemorar la inclusión de Posteguillo entre los galardonados en los XXV Premios Turia, en Valencia, en 2016.

[2] Verbigracia, los rebuznos radiofónicos de un tal Juan Adriansens, sea quien sea ese tipo: https://bit.ly/2tMgMYO.

[3] Santiago Posteguillo recibió el Premio de las Letras de la Generalitat Valenciana en 2010 (https://bit.ly/2GR9HPk), lo que ocasionó que una librera y política del PSPV, por aquel entonces directora de la Fira del Llibre de Valencia, hablara de «genocidio cultural» en lo relativo a la lengua y la cultura «propias» (https://bit.ly/2GSyB12). Eso no fue obstáculo para que esa misma librera, poco después, hiciera una suculenta caja en su estand de la feria vendiendo novelas de Posteguillo —entre muchas otras escritas en castellano—.

martes, 27 de noviembre de 2018

ENEMIGOS DE ESPARTA en Todo Literatura


"Novela histórica, coral, de aventuras. ¿Qué género prefiere que quede en la mente del lector?
\"Enemigos de Esparta\" es una novela clásica, con una sola trama y un solo protagonista. Y aventuras no faltan, ni mucho menos. La etiqueta de histórica me da cada vez más repelús por la tergiversación del adjetivo: por el daño que ha hecho componente literario del género. Yo animo al lector a que se despoje de prejuicios y se deje caer en el universo de la novela. Es la mejor forma de disfrutar una ficción literaria, se llame como se llame la estantería en la que reposaba antes de comprarla".

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domingo, 18 de noviembre de 2018

ENEMIGOS DE ESPARTA. Colaboración para XX siglos: Homosexualidad y guerra


«Sebastián Roa (Teruel, 1968) nos ha regalado una de las novelas históricas importantes de este 2018: Enemigos de Esparta (Ediciones B). En ella nos adentra en el conflicto que enfrentó a Tebas y a Esparta en el siglo IV a.C. En el siguiente artículo, Roa nos adentra en el mundo de la homosexualidad y la guerra, que sale retratado en la novela, y cómo ha ido variando su visión, desde aquella Antigüedad hasta hoy».

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ENEMIGOS DE ESPARTA, entrevista de Alicia García-Herrera para REVISTA DE LETRAS



«En realidad todos los libros son derivaciones de La IlíadaLa Ilíada inicia todos los géneros narrativos, en particular la novela, del mismo modo que todas las filosofías son apuntes al margen de la de Platón. En todas las novelas hay un Héctor, un Aquiles, una Andrómaca, una Helena, etc., y aquí también los hay. Aquí encontramos una especie de alegato muy necesario en favor de las Humanidades, que ahora están en peligro y en franco retroceso».

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EL REY LOBO, AZOTE DE YIHADISTAS

Artículo para la serie EL AUTOR Y SU PERSONAJE. Aparecido originalmente en el diario ABC, 20/08/18.

El castillo de Monteagudo, donde vivió el rey Lobo


Por Sebastián Roa


El convento murciano de Santa Clara guarda un fragmento de adaraja. Se pintó en el siglo XII con el rostro de una flautista que toca un mizmar, instrumento que amenizaba las veladas del Sharq al-Ándalus. Aunque la representación antropomórfica –contraria a la tradición musulmana– no es extraña a los andalusíes, esta destaca en su contexto temporal. Media Península Ibérica se encontraba invadida por el califato musulmán más fanático de cuantos ha vomitado el norte de África: el imperio almohade. Y el rey andalusí que se atrevió a desafiarlo durante un cuarto de siglo fue Muhammad ibn Sa’d ibn Mardánish, mejor conocido como Rey Lobo.
Su reino abarcó las actuales provincias de Castellón, Valencia, Alicante y Murcia, y parte de las de Tarragona, Teruel, Cuenca, Albacete, Jaén y Almería. El Rey Lobo abominaba del Islam radical. Fue confirmante en los documentos de Alfonso VIII de Castilla y se carteaba con el monarca inglés. Avezado diplomático, cerró ventajosos tratos comerciales con las repúblicas italianas. Y acuñó monedas que, dos siglos después de su muerte, seguían en curso legal. El Papa Alejandro IV lo llamó «Rey Lope, de gloriosa memoria». ¿Quién fue este emir andalusí apreciado por los cristianos y odiado por sus correligionarios africanos?
Los Banú Mardánish venían de linaje muladí –así se llamaba a los cristianos islamizados– y habían destacado militarmente en la Marca Superior. Eran lo que se conocía como tagríes: incursores natos, conocedores del adversario, acostumbrados a celadas y escaramuzas. El tipo de guerrero fronterizo típicamente hispano al que podemos considerar antecesor de los almogávares. El futuro Rey Lobo se crió en un ambiente de velado alzamiento contra los africanos almorávides (los enemigos del Cid), que llevaban instalados en al-Ándalus desde finales del siglo XI. De esa rebelión surgieron las que llamamos Segundas Taifas, aunque solo una de ellas se consolidó: el Sharq al-Ándalus radicado en Valencia y Murcia.


Hacia 1147, por aclamación militar, Ibn Mardánish se convirtió en Rey de aquel territorio levantino y se aplicó a la tarea de ampliarlo, siempre a costa de otros territorios musulmanes. Se ignora el origen de su apodo. Lo cierto es que los cristianos que nutrían sus filas lo conocían como Rey Lobo o Rey Lope. También se dice que hablaba en romance, vestía al modo cristiano, permitía la construcción de iglesias en sus dominios y se daba al vino y a otros placeres poco morunos. No es de extrañar que las crónicas almohades lo pongan a caer de un burro.
Los almorávides, a los que hoy consideraríamos extremistas, eran carmelitas descalzas comparados con la siguiente oleada norteafricana: los almohades. El credo almohade guarda asombrosas similitudes con los principios del Daesh: ambos abrazan la doctrina unitaria del Tawhid; imponen la hisba, rígida vigilancia en la pureza de las costumbres; consideran takfires a los musulmanes que no se someten –lo que permite su eliminación– y se sirven de la Yihad como instrumento principal. El Daesh surge de los desvaríos de un alienado llamado az-Zarqawi, y el califato almohade arrancó con una pieza parecida: Ibn Tumart, pastor de cabras radicalizado por el estudio obsesivo de un único libro. Ibn Tumart, maleadas las mentes de sus seguidores, organizó salvajadas análogas a las que hemos visto en Youtube y en los telediarios: degüellos colectivos, esclavizaciones masivas, purgas expeditivas. Tras acabar con los almorávides y afianzar un enorme y centralizado imperio en el norte de África, los almohades desembarcan en al-Ándalus y toman Sevilla, Córdoba, Málaga y Almería. La primera consecuencia nos resultará familiar: multitud de judíos y musulmanes moderados, así como los pocos mozárabes que quedan al sur de Sierra Morena, se exilian para evitar la crucifixión, la garganta rebanada o la conversión forzosa. Los refugiados afluyen, entre otros lugares, al Sharq al-Ándalus. Esta «fuga de cerebros» medieval da lugar a que la corte del Rey Lobo se llene de intelectuales de toda talla. Las ciencias, las artes y las letras florecen en la Valencia y la Murcia del siglo XII.

Que viene el Lobo

Según las crónicas, a Ibn Mardánish le van las fiestas y el desfase medieval, pero no parece de los que se quedan sentados en su trono. Tras gastar una ingente suma en su ejército mercenario –los andalusíes no destacaban por su eficacia guerrera–, se busca un prestigioso aliado: Ibn Hamusk, señor de Segura. Después se hace con los servicios de los mesnaderos cristianos más célebres: Álvar el Calvo, conde de Sarria aclamado en el épico Cantar de Almería como guerrero portentoso; el conde de Urgel, Armengol VII, que a lo largo de su vida desempeñará importantes cargos en el reino de León; y Pedro de Azagra, noble navarro que recibirá, por sus servicios a Ibn Mardanish, el agreste señorío de Albarracín. Al frente de esta manada, el Lobo se siente capaz de resistir la marea fanática, así que se planta a las puertas de Sevilla, la capital almohade en al-Ándalus, para humillar al futuro califa Yusuf. Algarea y conquista, expande sus fronteras hasta el Alto Guadalquivir. Su insolencia llega al límite cuando, con ayuda de judíos falsamente islamizados, se hace con Granada y la conserva durante todo un año. Los almohades, acostumbrados a dominar por el terror y por las armas, le ven las orejas a un lobo que va a ser su principal y encarnizado enemigo.
La eliminación del Lobo, azote de yihadistas y escudo de los reinos cristianos, se convierte en objetivo primordial para los africanos. Los dos primeros califas almohades, Abd al-Mumín y Yusuf, se esmeran en preparar la expedición definitiva que por fin se lanza hacia Murcia. En octubre de 1165, cerca de la actual Alcantarilla (Murcia), un ejército combinado cristiano-andalusí se enfrenta a las poderosas fuerzas almohades en la batalla de Fahs al-Ŷallab. El hito, incomprensiblemente desconocido en nuestra historia, merece figurar con letras grandes junto a Alarcos y las Navas de Tolosa, las otras dos grandes batallas contra los almohades.

Derrota

La derrota del Rey Lobo permite que los africanos aceleren la invasión de al-Ándalus y piensen en asaltar las fronteras cristianas. Ninguno de los reyes católicos del norte, más ocupados con sus querellas personales que por el bien común, acude al aullido de socorro del Rey Lobo, encastillado en Murcia mientras pierde sus posesiones levantinas. Ibn Hamusk lo traiciona y se pasa al bando africano. Sus mercenarios, faltos de paga, lo abandonan. El rey de Aragón, que hasta ese momento se ha visto libre de la amenaza almohade por el escudo lobuno, aprovecha: cruza el Guadalope (el Río del Lobo) y rapiña las tierras desamparadas hasta Teruel. Ibn Mardánish se desespera por la deslealtad y por la insultante imprevisión de sus presuntos aliados cristianos. En el lecho de muerte ordena a sus herederos que se sometan a la máquina almohade. Entonces comienza una agonía ibérica que figura en los anales, que está a punto de revertir la Reconquista y de la que solo nos librarán nuestros antepasados en el verano de 1212, jugándose el todo por el todo en un perdido lugar de Sierra Morena.

viernes, 2 de noviembre de 2018

III TALLER DE NOVELA en L'IBER


Lugar de celebración: Sala de conferencias del Museo L’Iber. Caballeros, 22 – VALENCIA.
Fechas: Del 16 de noviembre de 2018 al 22 de febrero de 2019 (once sesiones de dos horas).
Horario: Viernes por la tarde, de 18:30 a 20:30 h.
Precio del curso: 180 Euros (IVA incluido). Amigos del Museo l’Iber: 10% de descuento. Se puede pagar en dos o tres plazos.
Con la colaboración docente de Antonio Penadés

Objetivo general: Adquisición de herramientas y método básicos para la escritura de una novela. El taller está esencialmente dedicado a quienes tengan intención de escribir y publicar una novela histórica o, secundariamente, de cualquier otro género.
Planteamiento base: Una novela precisa de ciertos contenidos mínimos para aspirar a la publicación y a una recepción positiva por parte del público lector: tema interesante, trama sólida, personajes vívidos, diálogos consistentes, descripciones adecuadas, ritmo, estilo… El objetivo del taller es trasladar al asistente un método para plantear y desarrollar estos componentes, y para integrarlos en una obra de ficción que pueda publicarse y cumplir las expectativas del autor y de sus lectores.
Este taller de novela es complementario del curso literario que Antonio Penadés imparte en primavera en el Museo L’Iber; incide en los aspectos prácticos y en la especificidad de contenidos. A lo largo del curso se recomendarán algunos manuales que serán de utilidad para el alumno. También se propondrán breves ejercicios de diversas áreas (diseño de sinopsis, esquematización de trama, creación de personajes, descripción y diálogos, foco narrativo) que se comentarán en común y servirán para el desarrollo de las sesiones.



DESARROLLO DEL TALLER POR SESIONES

Sesión 1, viernes 16/11/18:
TemaPresentación. Objetivos y método. Concepto y vigencia de la novela histórica. Diseñando la ficción I: el anacronismo

Sesión 2, viernes 23/11/18:
TemaDiseñando la ficción II: la verosimilitud.
Documentación: planificación y desarrollo del armazón histórico

Sesión 3, viernes 30/11/2018:
TemaTrama I

Sesión 4, viernes 14/12/2018:
TemaPersonajes I

 Sesión 5, viernes 11/01/2019:
TemaTrama y personajes II: paradigmas y héroes

Sesión 6, viernes 18/01/2019:
TemaNarrador. El enfoque y el estilo narrativo

Sesión 7, viernes 25/01/2019:
TemaEspacio y tiempo. Descripciones. Principios y finales

Sesión 8, viernes 01/02/2019:
Tema: Diálogos. El canon editorial español

 Sesión 9, viernes 08/02/2019:
TemaErrores. Revisión

 Sesión 10, viernes 15/02/2019:
TemaEl destino de la novela. Aspectos relacionados con la publicación

 Sesión 11, viernes 22/02/2019:
TemaEscribir la historia, escribir la vida. Sesión impartida por Antonio Penadés. Conclusión del curso


INFORMACIÓN Y MATRÍCULAS:

C./ Caballeros nº 20 – 2ª. 46001 Valencia
Tfno.: 96 3918675 (Museo l’Íber) – info@museoliber.org