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martes, 10 de mayo de 2011

Premio Hislibris 2010 al mejor autor español


Cartel anunciador del evento. Debajo, el pequeño ejército de celedonios de este año. Tocaban medievales: toda una premonición.

Celedonio es el nombre que recibe la estatuilla. Este oscar de la literatura histórica es concedido anualmente por Hislibris a las obras y autores que, según considera un jurado al efecto tras un doble sistema de selección, merecen ser llamados «los mejores». Así, tenemos la mejor novela histórica, autor español, autor novel, y así hasta siete categorías. En muy poco tiempo de vida, el celedonio se ha hecho con un buen hueco de prestigio en el panorama patrio de la novela histórica.

Este año, tras una ardua competencia con textos y autores de indudable renombre, he sido galardonado con un celedonio. El premio al mejor autor español de novela histórica. Y para más alegría, la entrega de premios, que se celebra coincidiendo con el aniversario de Hislibris, tuvo lugar este año en Valencia. Hay crónicas ya, variadas y de calidad, de las que dejo enlaces (y sustraigo imágenes) y a las que no me veo capaz de superar, así que me limitaré a dejar algunas impresiones:

Los tipos de Hislibris son para estudiarlos. Ante el despliegue de conocimientos y de agudeza que hacen en su página y foro (hislibris.com), se imagina uno que en persona se tratará de estirados y perseverantes estudiosos dados a la «chapa» histórica. La verdad es que en el X Cervezas y Libros ya tuve ocasión de reunirme a unos cuantos, y me encontré con sujetos muy simpáticos, acogedores y sagaces.

Esta vez conocí a más de ellos y ocurrió otro tanto. La bienvenida que el jurado nos dio en el palacio de Malferit, sede de l’Íber, fue tan distendida (muy divertida, de hecho) que enseguida estábamos todos como en casa. No es que sea extraña la comodidad, porque el palacio es lugar habitual de reunión de la comunidad novelística en Valencia, pero lo cierto es que allí había mucha ilusión concentrada. Mucho buen escritor, tanto consagrado como en ciernes, y tanto indígena —expresión josepiana que me apropio— como foráneo.

Cuando llegó la hora de la verdad, se me quedaron grabados cuatro momentos que pasaré e enumerar en orden cronológico:

El primero fue la alegría. No la mía, que esa llegó sobrada, sino la de la gente que abarrotaba el salón. Los aplausos y los gritos sonaban tan sinceros que me dieron ganas de avanzar a paso «chiquito» para alargar el instante. Fue la sensación de ser arropado. Algo que yo valoro mucho porque he padecido lo contrario en algún que otro episodio de mi vida literaria —y en otro lugar, por supuesto—. Fue la sensación de saber que jugaba en casa y habíamos marcado gol.

El segundo fue el pequeño discurso mediante el que el jurado justificó su decisión, y que paso a transcribir:

«El jurado considera que el autor, Sebastián Roa, ha conseguido conjugar con maestría una gran labor de documentación y una trama bien conseguida en la que, a pesar del amplio tablero sobre el que sitúa la historia, no descuida en ningún momento la labor de entretenimiento y disfrute que tiene la novela, todo ello con un lenguaje preciso y unos personajes bien construidos que hacen al lector desear ir más allá en el conocimiento de la época narrada.»

El tercero fue el orgullo en la cara de mi esposa cuando le dediqué el premio. Podría hablar más de eso, pero seré egoísta y lo guardaré para mí.

El cuarto fue otra vez la alegría, esta vez mía, que me dio el estrechar sucesivamente las manos de tres personas que se lanzaron a felicitarme de forma inmediata, antes aún de que volviera a mi sitio: Guillermo Galván, que acababa de ganar el premio a la mejor novela histórica de 2010 por su Sombras de Mariposa; Santiago Posteguillo, ganador de la edición de 2009 en esa misma modalidad (novela histórica) y en la del celedonio que yo ya llevaba en las manos (mejor autor español); y la de José J. Catalán, conocido en el fervor de la batalla como Fitz-James, entre otras cosas, quien en compañía de su mujer, Pili, tenía tantas ganas de que me llevara el premio que debió conmover las estructuras cósmicas para que el celedonio se viniera conmigo a casa.

Por jugarretas de los hados, creo que no fuimos capaces de conseguir que los siete premiados apareciéramos a la vez en una misma foto. Aquí falta el maestro Galván.

Las jornadas de Hislibris no acabaron ahí. Hubo mucho más: mesas redondas, premios de relatos, presentaciones, cenas, cañas, charlas… Será difícil olvidar a tanta buena gente y buenos momentos. Si acaso me quedo con dos personas: Blas Malo —el autor de El esclavo de al-Hamra— y su mujer Blanca, que llegaron desde Granada para disfrutar de las jornadas y nos ofrecieron el placer de su compañía durante la cena albanesa del sábado. En suma: un fin de semana genial que, como todo lo bueno, se acabó. Ahora el celedonio reposa en mi salón, donde últimamente escribo. De vez en cuando le echo un ojo y lo veo ahí, con su escudo embrazado y la pluma de su lanza apuntando al techo. Un buen compañero de aventuras a partir de ahora.

Crónica en el blog de Blas Malo

Crónica en La Revelación

Crónica H.E.A. (Hislibris Estuvo Allí)

Crónica en La Hora Azul (cuatro partes)

1 comentario:

  1. Fue un fin de semana emocionante y lleno de buenos momentos, Sebastián. Seguro que ahora llenas las páginas con más alegría.

    Yo, al menos, sí.

    Un cordial saludo

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