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martes, 6 de mayo de 2014

¿Quieres ser escritor? Son sesenta euros.

    Hoy he visto un anuncio curioso. Se trata de una charla de un par de horas titulada «Descubre en una tarde cómo ser escritor».

    Con dos cojones y un tambor, oiga. Ya no es «Adelgace diez kilos en una semana», «Domine el punto de cruz en quince días» o «Construye tu propio Ferrari Testarossa en veinte fascículos. De regalo con el número uno, tu volante con el caballito».

    A ver, el título del anuncio tiene truco, espero. Supongo que el objetivo será atraer público para un taller de literatura creativa. En una tarde descubrirás que, para ser escritor, tienes que hacer el taller. Vale, y leer un huevo, pasar años escribiendo, progresar, publicar, caerte, levantarte, conseguir una voz propia, un nivel… Se trata de esto, seguro. Aunque puntualizo algo, y es que después de todas las lecturas, escrituras, caídas, recuperaciones, publicaciones, años y más años, no me queda claro no ya en qué momento se convierte uno en escritor, sino cuándo descubre cómo se llega a serlo.

    El caso es que, de un tiempo a esta parte, ser escritor se ha devaluado hasta la altura de las suelas y amenaza con cavar para hacer un buen hoyo y bajar más aún. Hace unos años, el concepto de escritor era ciertamente respetable. Oía uno la palabra y le venían a la mente apellidos como Delibes, Sender, Vargas Llosa, García Márquez… Eran otros tiempos, desde luego. Escribir una novela, o incluso un relato, suponía un esfuerzo que nada tiene que ver con las actuales comodidades en procesamiento de textos, edición, acceso a la documentación, publicación online… Pero aunque todo esto hubiera existido, imperaba cierta vergüenza torera. Quedaba bien claro que escribir —uno, dos, cinco libros— era una cosa, y convertirse en escritor, otra. Solo el tiempo (mucho) y el reconocimiento público (más aún) podían hacer que alguien que escribía pudiera considerarse escritor.

    Luego, cuando el futuro llegó y la gente empezó a publicar a dolor, se convertía uno en escritor con haber sacado una novela, aunque fuera en la editorial de tu barrio. Parece que eso de ver tu obra en el escaparate de una librería te hacía cruzar una línea, y ya podías codearte con Vázquez Figueroa y asentir con media sonrisa cuando leías en una entrevista cuáles eran sus rompimientos de cabeza, porque te identificabas con él y ay, qué te iban a contar a ti.

    Después se desató la debacle amazónica y ser escritor se abarató. Ya no dependía de que te aceptara una editorial tras seleccionar tu manuscrito entre tropocientos más. Tú escribías tu libro, lo colgabas en la red y voilà: ya eras escritor. A estas alturas, la cosa amenazaba con invertir términos: había casi más escritores que lectores.

    El siguiente nivel, un paso más hacia la vulgarización del asunto, era el ponerte a ello:
—Soy escritor —decía alguien.
—O sea, genial de la muerte —contestabas tú—. ¿Qué obras has publicado?
—Estoy escribiendo una novela. Llevo siete años con ella, pero me queda poco para acabarla.
—No, no —le corregías—. Te pregunto qué has escrito antes.
—¿Antes? Nada. Antes no era escritor.



    Qué tiempos. Ahora eso ya no cuenta. Ahora basta con proponértelo. Si quieres escribir, eres escritor. Da igual si no tienes idea de cuáles son las reglas de puntuación de los diálogos, o si no ves muy clara la diferencia entre tema y trama o si lo máximo que has leído en tu vida es el QMD. La inauguración oficial de tu oficio se produce cuando abres tu perfil de Facebook y cumplimentas tu ocupación con un «escritor». Ya lo siguiente es mandarle tweets a Pérez-Reverte en los que le llamas «colega» o «compañero de letras». También puedes aprovechar tu dilatada experiencia y tu prestigio en el mundillo, diferir un poco más el pequeño detalle de empezar a escribir un libro y convertirte en profesor de escritores. Supongo que cuando tienes la clase llena, enseñas a tus alumnos a abrir su perfil de Facebook y les indicas dónde tienen que poner su nuevo título oficial: «Escritor». Luego ya, si eso, escribimos algo. Son sesenta euros.

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