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domingo, 8 de marzo de 2015

Los nuestros

Estoy un poco alucinado con las reacciones que ha provocado el comienzo de la miniserie Los nuestros. Las relaciones tormentosas entre los personajes, su forma de manejar el armamento o algunos fallos técnicos han puesto en pie de guerra a quienes precisamente se encargan de eso: de la guerra.



Hasta ahora, cuando aparecían militares en producciones audiovisuales españolas —al menos de ficción—, no solían quedar muy bien parados. La pose oficial en España es despreciar al ejército, poner de relieve los casos de corrupción, minimizar su labor internacional, conectar siempre el presente con un pasado sórdido —aunque no tengan gran cosa que ver— y sobre todo hacer que prevalezca el pacifismo de escaparate. Y los realizadores españoles no se han salido mucho de esta línea. El militar español actual, cuando resulta retratado en una película o una serie, es por sistema un tipo necio, tendente al despliegue gratuito de violencia con los débiles, sumiso con los fuertes, de ideas totalitarias, hipócrita, vicioso y, en general, un facha de libro. Muy pocas veces, por no decir ninguna, he visto que esta imagen estereotipada despierte rechazo entre los militares. Parece que asumen que la sociedad se quiera desconectar de ellos, y se resignan mientras siguen a lo suyo.

Ahora llega una serie que deja de lado todos esos prejuicios, y se monta la marimorena. Pocos se dan cuenta de que se trata de ficción, y de que una ficción no es un documental. Que la serie, para que funcione, necesita una trama y unos personajes; y que las historias cotidianas en los cuarteles y las misiones, o los militares auténticos, los de verdad, no servirían para que una ficción televisiva cuajase. La carga dramática es necesaria, y solo funciona con conflictos. Conflictos entre los personajes, cuanto más cargados emocionalmente, mejor; porque se trata de reflexionar sobre la naturaleza humana, no sobre el calibre de las armas o la adecuación de la serie a las ordenanzas militares. No es algo que solo se precise aquí. Mirar a otras experiencias nos lo confirmará. ¿O acaso Jack Nicholson no ha de ordenar el código rojo? ¿Debe Gene Hackman abstenerse de su chulería cabronoide en Crimson Tide? ¿O no pueden los marinos del USS Dallas admirar a Sean Connery en La caza del Octubre Rojo? Tres referencias a películas norteamericanas y ¿percibimos que la sociedad estadounidense desprecie a sus fuerzas armadas como hace la sociedad española?

Lo militar es siempre una buena excusa para narrar, tanto visual como literariamente. Las acciones de guerra proveen de un contexto emocionante, donde los sentimientos y las acciones llegan a extremos de forma verosímil. Esto es algo que se sabe desde Homero. Y en España ya padecemos suficientes complejos como para privarnos más tiempo de esta faceta. Tenemos buenos actores, directores con ideas y ganas de desarrollar nuestra capacidad de ficcionar. Y últimamente se están haciendo cosas muy interesantes. ¿Por qué cortar la racha?


Creo que Los nuestros es una buena serie, al menos tal como la he visto hasta ahora. Y creo que viene muy bien a nuestras fuerzas armadas. Creo que hay que verla sin complejos y sin esperar lecciones de teoría bélica, porque su función no es esa. Y creo que los militares, si quieren recuperar el terreno que les han quitado injustamente, no han de tirar piedras sobre su propio tejado. Corren el riesgo de que los manden a escaparrar —como dicen en mi tierra— y los productores se piensen mejor en qué invertir su dinero.

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