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domingo, 19 de abril de 2015

El concepto de novela histórica

  
Como soy un poco masoca, a veces vuelvo al tema, qué se le va a hacer.

Hace un tiempo pasaba sobre los límites temporales de la novela histórica, y más recientemente lo hice sobre los peligros de la novela histórica. Eran reflexiones que contenían lo esencial del problema: el propio concepto de novela histórica. Aquí están los enlaces:



La novela histórica, eso está más que dicho, es pura contradicción. O no. A lo mejor es que nos hemos tomado tan en serio eso de «histórica» que nos hemos confundido. Conforme pasa el tiempo, entre un sector de los lectores cuaja una idea que se sale por la tangente y trata de variar la naturaleza de la novela histórica. Porque sí: la novela histórica tiene una naturaleza que trasciende a su propio nombre o, para ser más exacto, a su propio adjetivo. Que digo yo que si las patatas no me gustan pero me encantan las zanahorias, de poco sirve cortar las patatas en forma de zanahoria y pintarlas de naranja. Lo mejor será comprar directamente zanahorias, ¿no?

Demasiada cháchara. Volvamos a la naturaleza de la novela histórica. Analicemos qué es y veamos que, como siempre, hemos caído en la tan humana manía de complicarnos la vida. Esto dice nuestra Real Academia acerca de la novela:



«Narra una acción fingida en todo o en parte». Deberíamos preguntarnos si esto varía cuando al sustantivo «novela» le añadimos un adjetivo. Volvamos a la RAE:



Épocas pasadas. Este es el asunto clave. La verdad es que así, sin más, la definición no llega a solventar el problema de los límites temporales. Aunque nos podría servir al menos para descartar: 



Podríamos concluir que la única época que no cabe en el género sería la actual. Otra cosa sería definir esta. Pero aparte la ambigüedad, vemos que solo hay un requisito exigible a una novela para que sea histórica: que su acción (una «acción fingida», recordémoslo) se desarrolle en épocas pasadas. Ni siquiera nos obliga el concepto a escoger a personales reales para ello. También pueden ser ficticios.

Ah, la ficción. La acción fingida. Concretemos esto también, porque es más importante de lo que parece:



Claro ya el concepto de ficción, pregunto: ¿se exige que la ficción se modere en la novela histórica? ¿Se ordena su preceptiva convivencia con la no ficción, es decir, con la realidad? Pues yo no lo veo, salvedad hecha de la época, que ha de pertenecer al pasado. Retrocedamos y leamos: «acción fingida en todo o en parte». Lo que veo es que al autor se le da libertad para fingir tanto en la acción como en los personajes, y hasta el punto que desee. Puede que un 5% de la obra sea ficción y el resto no. Pero también puede que la ficción ocupe el 100% de la novela. Mientras dicha acción se sitúe en una época pasada, ambas novelas serán históricas. Más: puede que solo uno de los veinte personajes pergeñados por el autor sea real. Puede que no lo sea ninguno. Puede que lo sean los veinte. Ninguna de las tres variedades es incompatible con la novela histórica.

Veamos ahora cómo se ha desvirtuado el asunto en los últimos tiempos. Qué diversos argumentos han dado lugar a una variedad de subgéneros, todos ellos muy respetables, pero que no se corresponden con la naturaleza ideal de la novela histórica. Estos argumentos han sufrido una evolución de tipo irreversible y algo amnésica, diría yo. De posibilidades que eran en un principio, han llegado a convertirse en requisitos. En condiciones sine qua non que dan lugar a esos manidos peligros de la novela histórica. Causas, en fin, que han llevado a que muchos lectores huyan del género como de la peste, porque tanta exigencia ha dado como resultado la subversión radical del alma literaria. Y es que no puede dejar uno que te tomen la mano, porque se te quedan con el brazo entero. Pero vamos con esas desviaciones enquistadas:

Rigor histórico. Probablemente el requisito más exigido. Reconozco que incluso yo lo llegué a creer en él en el pasado. Una novela histórica, según esta condición, ha de ser totalmente fiel a los hechos.
Pero, como hemos visto, la acción de la novela, en puridad, puede ser fingida incluso por completo. Así que esta exigencia se convierte en una cortapisa para la libertad creadora. Para la imaginación. Para la ficción. Puede haber (hay) obras muy buenas en las que el rigor histórico es total, pero esta no es causa para considerar a dichas obras mejores, sin más, que aquellas que, dentro del género, rebajan el rigor histórico o prescinden de él. Por el contrario, muchas novelas históricas «rigurosas» se pasan por el forro esta otra parte de la definición RAE:
«… y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones, de costumbres».

La ficción solo puede cubrir lagunas. Otra aseveración extendida. Los hechos han de reflejarse tales cuales fueron según los testimonios que queden de ellos. Solo en aquellos casos en los que no hay nada documentado, puede el novelista ficcionar.
Como en el caso anterior, recordemos que la ficción no conoce límites en novela. Rellenar lagunas no puede hacerse sin ficcionar, pero a veces olvidamos que inventar sobre lo desconocido y mentir sobre lo conocido tienen la misma base: la ignorancia de la verdad. Si se ha de ser fiel al hecho histórico, rellenar una laguna —incluso optar por una opción entre varias plausibles— rompe nuestra propia norma.  

Inadecuación de la terminología. El purista busca la interdicción de «neologismos» con respecto al momento histórico novelado. Hay palabras que usamos en el presente pero que no deben usarse en el texto narrativo porque no son propias de la época.
Se trata de una exigencia innovadora. Una vuelta de tuerca a ese rigor histórico que resulta prácticamente inviable, ya que nos lleva no solo a supeditar la calidad literaria a ese rigor (recordemos que la literatura es un arte que emplea la lengua como método de expresión), sino a subvertir nuestro propio idioma y, en casos extremos, incluso a prescindir de él. En realidad, el único requisito en cuanto al código es la inexcusable necesidad de causar placer estético: el lenguaje a usar depende, solo y de forma exclusiva, de ese fin.

En novela histórica, los personajes han de ser históricos aunque participen en hechos imaginarios. O viceversa: si hay personajes imaginarios, deben al menos participar en hechos históricos. Viene a ser un nuevo límite a la ficción, porque el purista entiende que el rigor histórico es preceptivo, al menos hasta cierto punto.
Pero ya lo hemos visto: acción fingida «en todo o en parte» y personajes «reales o ficticios». Los personajes y hechos históricos tienen perfecta cabida en la novela histórica, aunque ni unos ni otros son obligatorios, juntos o por separado.

Se permiten las licencias históricas, aunque con un límite. Los partidarios de las licencias admiten (aunque no sean conscientes de ello) que la sumisión al rigor histórico puede entrar en contradicción con el placer estético. Por ello ven bien que el autor se tome ciertas licencias, aunque estas no pueden afectar a hechos históricos esenciales.
En realidad, los conceptos de ficción y licencia se contraponen. El autor está facultado para ficcionar la totalidad de la obra y para valerse de personajes ficticios por completo. Una licencia es una infracción a las normas ante la que, entendámonos, se hace la vista gorda. Pero en novela histórica, ficcionar sobre hechos y personajes no solo no rompe las normas: las consagra. Por eso es impropio hablar de licencias en este género.


Habrá otras, pero estas son las más conocidas de las normas «sobrevenidas» que los puristas imponen a los novelistas históricos, y que muchos de estos han aceptado e incluso impulsado, pues al fin y al cabo son también lectores. Algunos autores, por cierto, cegados por esta apisonadora que tanto polvo levanta, han contribuido a «degenerar el género» hasta convertirlo en una forma bastarda de novela. Una literatura de segunda a los que muchos lectores normales no se atreven ni a asomarse porque asumen un estereotipo: los pobres novelistas históricos, constreñidos en su capacidad de ficcionar y reprimida su habilidad para provocar placer estético, se han convertido en fabricantes de ladrillos. Lo malo de este estereotipo es que muchas veces acierta.












Desde luego, al césar lo que es del césar. No dudo de que haya autores que sigan estas normas sobrevenidas (o las adapten a su gusto) y creen magníficas obras, en nada parecidas a ladrillos. Es decir: que seguramente serán capaces de producir placer estético en el lector, que es lo adecuado. Habrá otros autores con resultados más modestos, pero que lleguen a SU público porque SU público, en realidad, no necesita leer novelas, sino otras cosas. Esto último me parece también respetable por aquello de que para gustos, colores. Aunque este color, desde luego, no es el color de la novela histórica. Pero lo que cuenta es que al final hay tantos modelos de obra posibles como lectores. Con lo que no comulgo tanto es con la corriente de imponer estos modelos rigoristas y exigirlos como imprescindibles en «la auténtica y primigenia novela histórica»; y realmente no me gustan los reproches para quienes no pasan por ese aro que, repito, condena al género al ostracismo desde una buena parte de la población lectora. Y como para perder lectores estamos.


1 comentario:

  1. Sebastian, gracias por este trabajo. No creí que el tema de Novela histórica fuese tan complicado. Como novel en estas lides, mi trabajo en ciernes, se basa en el relato hechos reales ocurridos durante la guerra fría los que cito con fechas, su desarrollo y acción son de mi creación y uso nombres personajes reales ya fallecidos o ficticios, según la información a mi alcance. Pero pienso que los peligros de cometer errores son muy elevados. Pienso que es mejor dar otro giro a este trabajo que alcanza ya mas 300 paginas. Gracias

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