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lunes, 29 de junio de 2015

Yo no toqué la teta de Julieta


La pobre Julieta en el jardín de su casa. Verona
  

—Tienes que tocarle la teta a Julieta.
No una teta, no. Ni las dos. La teta. Estaba claro cuál de ellas. Por eso, aquella tarde veronesa, nadie en la cola preguntaba qué teta era la que había que tocar. Simplemente, cuando a cada uno le llegaba el turno, sometía a la pobre estatua al tradicional e impúdico sobe, y siempre acertaba. 
Se sabe cuál es la teta en cuestión porque está desgastada tras miles, cientos de miles, seguramente millones de magreos in the name of love. La tradición turística, claro. Además, se supone que acariciar el breve y redondo seno te traerá suerte en el amor.
—No —dije.
—¿Cómo que no? Tienes que tocársela. 
Y sí que se la tocaban, sí. Hombres y mujeres. Se hacían fotos con la teta en la mano y todo.
—Que no le toco la teta.
—¿Pero por qué?
—Pues por respeto a Romeo, claro.



Cartas a Julieta. Casa de Julieta, Verona


Y no me digáis que Romeo no existió. Y tampoco Julieta. Que se trata de una ficción. El invento de un inglés, o su adaptación. Lo que sea. Me da igual, porque solo hay que mirar tras esa estatua para ver lo ficticia que es Julieta. Las cartas que le escriben a ella, a Julieta, se amontonan en la pared. Más tradición, o más superstición. Total, ¿para qué? Si al fin y al cabo, ni Romeo ni Julieta existieron.


Hace un tiempo leí algo genial. Lo había escrito un amigo, Eduardo Segura, y decía tal que así:
«La modernidad ha heredado una noción falseada de la fantasía, como capacidad de la imaginación meramente aleatoria —como simple combinación de imágenes sin su correspondiente “real” en el mundo sensible—, de suerte que el resultado artístico de esa potencia interior no es objeto de conocimiento verdadero (epistéme), sino tan solo, y en el mejor de los casos, entretenimiento en el sentido peyorativo»*.

Otras veces he hablado de la capacidad de ficcionar del autor de novela histórica, y también de las consecuencias de hacerlo**. Nunca habrá suficiente de esa reivindicación, porque lo cierto es que muchos críticos se empeñan en juzgar el género según el rasero de «su» realidad. Que es la realidad histórica, se entiende. No comprenden, porque ni siquiera se han parado a pensarlo, que toda ficción literaria se convierte en realidad. Y que esa realidad lo es en sí misma, y no dependiendo de los hechos históricos que algunos lectores deseen ver reflejados en ella. Cuando un lector de ensayos históricos se engaña y pretende encontrar en la novela histórica lo que debería buscar en otro sitio, choca contra esa pared transparente que para él es opaca o, como mucho, traslúcida. Se llama ficción literaria, y a través de ella también se ve la realidad. Si uno quiere, claro. Porque no hay peor ciego que el que no quiere ver.




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* «Dialécticas de la modernidad: “Fairy Tale” vs. “Flact Fact” en Inteligencia Artificial». en 29 miradas sobre Spielberg, El buho de Minerva, 2014.

Balcón de Julieta. Verona

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