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martes, 12 de septiembre de 2017

La batalla de Muret

Empezó a hablar el senescal catalán, Guillem Ramón de Montcada. Dio cifras que parecían en principio halagüeñas: más de dos mil jinetes —novecientos de ellos aragoneses y vasallos de Barcelona—, más casi diez mil peones por nuestra parte. Poco más de millar y medio de personas en total por la del adversario. La relación estaba clara. La superioridad era aplastante. El optimismo, extendido.
Fue ese maldito optimismo, apostaría mi alma , el que llevó al rey a hablar como lo hizo.
—No hay honor en esto. —Nos miró desde lo alto, pues era hombre de gran estatura—. No hemos venido aquí a rendir una plaza con lo mejor de la caballería de Aragón y Barcelona, que este es un trabajo que pueden hacer campesinos. Antes bien esperaremos a Montfort en campo abierto, y allí mediremos nuestras fuerzas como hacen los hombres de rancio linaje: a caballo.

Sebastián Roa, El caballero del alba.
 
    Esas palabras fueron las que Diego de Marcilla, amante de Teruel y protagonista de El caballero del alba, pudo haber oído en el consejo de guerra del once de septiembre de 1213. El día siguiente, hace hoy 804 años, se libraba junto a Muret una batalla decisiva, la que marcaría el declive de algo que tal vez no llegó nunca a ser más que un sueño: la gran Corona de Aragón, en la que se aspiraba a reunir el reino de Aragón, el condado de Barcelona y los estados occitanos bajo la casa de Aragón. Resulta tentador imaginar qué habría ocurrido de tener éxito este proyecto. No solo por lo que habría representado la expansión de la Corona hacia el norte, sino por lo que habría dejado de pasar en el Mediterráneo o en la costa levantina. Sea como fuere, el dato más importante, el que marcó definitivamente la historia aragonesa a partir de Muret, fue sin duda la muerte de Pedro II, el Católico. Con el rey de Aragón muerto sobre la campiña occitana, no solo se cerraron de un portazo los planes norteños: es que la Corona de Aragón (a la que nadie conocía aún así) entró en un periodo de debilidad y anarquía que frenó su impulso reconquistador y la acercó al abismo. La salida de esta crisis política permitió retomar las campañas expansivas y también definió su nuevo rumbo de cara al mar.

    Pero antes de eso, a finales de agosto de 1213, Pedro II reunió a sus tropas en Huesca, su ciudad natal, y se dispuso a viajar al norte, hacia el valle del Garona. ¿Por qué?

  Se ha dicho que la ambición de la cancillería parisina ocasionó la guerra contra los occitanos, aunque parece más lógico pensar que dicha guerra tuvo un carácter contingente. Sobre el condado de Toulouse y los estados adyacentes existía una triple ambición:

1. La francesa, naturalmente. Al igual que ocurría sobre el condado de Barcelona, el rey de Francia consideraba vigentes los derechos teóricos de supremacía heredados del reino franco. Situación que no cambiaría hasta el tratado de Corbeil.

2. La inglesa, en su vertiente aquitana, que a través de sus posesiones continentales había actuado siempre en función de sus intereses en la zona.

3. La ibérica en general. Los estados occitanos mantenían viva una relación directa con los del sur de los Pirineos, cordillera que, en la Plena Edad Media, distaba mucho de alzarse como frontera significativa. En el siglo XII, el conde de Toulouse, el señor de Montpellier y otros nobles occitanos habían acudido a rendir homenaje a Alfonso VII como imperator Hispaniae junto al conde de Barcelona y otros líderes ibéricos. El propio vizcondado de Narbona estaba familiarmente vinculado con una de las casas castellanas más importantes, la de los Lara; y el rey Alfonso I de Aragón, el Batallador, había llegado a recibir también el vasallaje de Toulouse. Pero era con el condado de Barcelona con el que se habían establecido lazos más estrechos, tanto por su historia común carolingia como, principalmente, a fuerza de enlaces matrimoniales y adquisición de derechos feudales.


    Pedro II, pues, no hacía más que seguir la política tradicional de la casa de Aragón y la de sus antepasados, tanto por la parte aragonesa como por la catalana. Pero su enemigo real no era Francia, aunque Felipe II Augusto se moviera entre bambalinas. El rey francés, en realidad, tenía puestos vista e interés en su frontera norte y, sobre todo, en el conflicto larvado contra Inglaterra y el Sacro Imperio. Conflicto que iba a dar lugar un año más tarde a la batalla de Bouvines, de una importancia mucho mayor para la historia francesa que la de Muret. 

    De este modo, frente a Pedro de Aragón se hallaba un conglomerado de señores norteños fanatizados, embarcados en una cruzada antiherética y refrendada nada menos que por el santo padre, Inocencio III. Y comandados por un exaltado y magnífico luchador normando: Simón de Montfort.

    En los preliminares y en el desarrollo de la batalla de Muret abunda la confusión entre historia y leyenda. Desde los planes despreciados del conde de Toulouse hasta los piadosos rezos de Simón de Montfort, pasando por la noche loca de Pedro II, el cambio de armas, la soberbia del rey de Aragón, la taimada táctica del flanqueo, el insufrible diffidamentum... Las trovas y las crónicas posteriores exageraron, ocultaron, transformaron... Lo cierto es que Pedro II se había mantenido pasivo mientras los ejércitos cruzados masacraban a sus vasallos y amigos desde 1209. Solo tras las Navas de Tolosa, con su recién estrenado prestigio de gran luchador, vencedor de los almohades y defensor de la Cristiandad, cobró coraje el rey para presentarse frente a Muret, emular a sus antepasados montañeses y jugárselo todo a una carta.

    Y perdió.

   Dice su hijo Jaime, en el Llibre dels Feits, que junto a Pedro II fue aniquilada la mesnada regia, el cuerpo personal del rey formado por nobles aragoneses a modo de guardia pretoriana. Antes de eso, la primera línea formada por occitanos y catalanes fue desbaratada y puesta en fuga por la carga suicida de Simón de Montfort. El propio Jaime I, que acusó a sus vasallos catalanes de desamparar al rey, dejó patente la antigua costumbre de los reyes de Aragón, muchos de los cuales habían muerto o resultado heridos en batalla:

    «Aqui mori nostre pare. Car aixi ho ha usat nostre liynatge totz temps, que en les batayles quels an feytes ne nós farem, de vençre o morir».

    Es cierto que existía esta mortal tradición. De entre los reyes de Aragón, Ramiro I, Sancho Ramírez, Alfonso I y Pedro II murieron en batalla o tras ella, a consecuencia de las heridas. Esta siniestra costumbre se extinguiría con el propio Pedro II en Muret. Aunque la arenga «vencer o morir» fue usada con fruición por sus sucesores, ninguno de ellos destacó en batalla campal, y esto incluye al propio Jaime I, por muy conquistador que fuera.

    Otro de los grandes cambios acarreados por Muret es, efectivamente, el de objetivo estratégico. A partir de Jaime I, la Corona de Aragón perdió interés en el norte, algo que, pese a los muchos ruegos occitanos, llegó a culminar con la vergonzosa renuncia de Corbeil en 1258. Desde años antes, la dinastía había olvidado ya esa «gran Corona de Aragón». Su vista estaba puesta en la proyectada conquista de Valencia (1238), empresa tradicional de la parte aragonesa, y en la de Mallorca (1229), de indiscutible cuño barcelonés. Aunque ese solo fue el principio de la expansión mediterránea.

    Pero esa es ya otra historia.
Para saber más:
Martín Alvira Cabrer. Muret, 1213

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